Se acerca el fin de la conversación

Entre los recuerdos imborrables de mi juventud en la capital argentina, siempre rememoro con nostalgia los momentos pasados en los numerosos cafés y confiterías que se encontraban diseminados en las cercanías de un importante eje universitario que concentraba -con epicentro alrededor de la Avenida Córdoba al 2100- un conjunto de facultades importantes de la Universidad de Buenos aires, tales como las de Medicina, Odontología y Ciencias Económicas. Yo asistía a esta última y era –como la inmensa mayoría de los estudiantes- frecuente “habitué” de los cafés cercanos. Allí uno se encontraba con compañeros de estudios o hacía amistad con los que seguían otras carreras. Al juntarnos, intercambiábamos conversaciones y bromas de todo tipo, desde las netamente universitarias hasta las “cargadas” futbolísticas. Era un mundo de encuentros paralelo al de los estudios y a su vez complementario de estos. Nunca lo olvidaré. Lo más grato de todo era justamente ese simple encuentro –casual o concertado- con el amigo o los amigos. Hasta cuando estudiábamos “de verdad” siempre había antes o después un amplio espacio para la conversación, para intercambiar ideas, escuchar sugerencias, contar chistes, narrar anécdotas acerca de los exámenes de turno o escuchar historias exitosas y fallidas de amores juveniles. A veces surgían pautas de silencio mientras cada uno rumiaba lo suyo, pero el ingrediente esencial, la charla, estaba siempre ahí.

Esa práctica tan porteña de reunirse en un café para conversar persistió por mucho tiempo pero ahora, tanto en Argentina como en Bolivia y otras latitudes universales, la conversación es una especie en peligro inminente de extinción. El auge de celulares, “laptops” y “tablets” acabó con la continuidad de las charlas, hasta en el propio seno familiar. He podido ver cómo, en una misma casa, alrededor de la mesa o en la sala de estar, aunque estén todos los miembros de la familia reunidos, cada uno de ellos se comunica con alguien de afuera o genera frenéticamente mensajes de texto y fotos vía “whatapps” (u otra aplicación similar) en lugar de hablarse entre sí. Y si alguien intenta conversar, el esposo, esposa, hermano, hermana, hijo, hija o invitado de turno, balbuceará algo así como “disculpen si no participo pero tengo que mandar varios mensajes” o “antes debo responder llamadas”, etc. Todo sea con tal de no hablar entre ellos y de que cada cual esté obsesionado con su aparato de turno. Eso es real, ocurre todos los días. Sentarse para intercambiar ideas, para conversar, parece ser ya cosa del pasado.

Alguien parafraseaba al gran Albert Einstein al decir que habíamos llegado al extremo de tener una generación de idiotas. Yo no sería tan drástico, no podemos llamar idiotas a quienes manejan la nueva tecnología. Es en lo esencial, según mi modesta opinión, un problema de buena educación. Y esa buena educación que nos dieron nuestros padres se está perdiendo al ritmo de estas nuevas modalidades del tercer milenio. La charla, el placer de la conversación amena, fluida y continua, desaparece poco a poco, o tal vez se transformó hoy en monosílabos con breves paréntesis verbales entre dedos ansiosos por toquetear celulares u otros adminículos por el estilo. Así andamos…

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Publicado en Fecha: 22 de febrero del 2015
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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