La suerte, esa casquivana dama

La suerte siempre fue imaginada en forma de mujer. La Diosa Fortuna representa la suerte y su contraparte, el infortunio -por lo menos en nuestro idioma- es masculino. En un principio la Diosa Fortuna regulaba la buena, la mala suerte y la fertilidad. Con el tiempo esa deidad pasó a ser símbolo sólo de lo que “salía bien”. Para lo contrario estaban la desgracia, la adversidad, o el ya citado infortunio. No en vano “Yira, Yira” -el conocido tango de Enrique Santos Discépolo- expresaba en su inicio: “Cuando la suerte, que es grela, fayando y fayando te largue parao…” Grela, en el desusado lunfardo argentino significaba mujer. Asimismo, Carl Orff musicalizó en 1936 el poema medieval “O Fortuna”, apertura y cierre de la cantata “Carmina Burana”. Llevaba el apropiado título de "Fortuna Imperatrix Mundi".

En lo mitológico y en lo cotidiano la suerte sigue identificándose como un ser de sexo femenino veleidoso, caprichoso, cambiante, al igual que las fases de la luna. Así es la suerte, esquiva o cercana, nunca se sabe hacia dónde apuntará. Hay quienes dicen que la suerte no existe, que sólo se trata de oportunidades y de saber aprovecharlas. Ahí entran la ocasión y el mito de “la ocasión es calva”, o sea, dificil de asir, o de agarrar, vulgarmente hablando. Puede ser, pero que el azar juega un papel fundamental nadie lo niega, ni en la vida ni en los deportes. Hay una variable estadística y ahí también la suerte manda. Un dado tiene seis caras, la probabilidad de tirar el número deseado es de un sexto, algunos al primer tiro lo logran, otros nunca o mucho después. Una moneda tiene dos caras, la probabilidad es de un 50% para cada lado, hay quienes varias veces sacan el lado deseado y otros casi nunca. Aunque exista una teoría matemática de por medio, la suerte, esa caprichosa mujer invisible, está presente en todos nuestros actos. Hasta los antiguos soldados romanos al entrar en terreno bélico imprevisto solían repetir “alea jacta est”, la suerte está echada.

Cuando Napoleón reclutaba a sus generales, luego de leer los antecedentes preguntaba: ¿Y cómo anda la suerte de este aspirante a ser parte de mi ejército? Obviamente, los más afortunados ingresaban al servicio militar del emperador francés mientras los “sin suerte” quedaban excluidos. No en vano se menciona desde tiempos ancestrales a la rueda de la fortuna, una especie de ruleta que marcaba en sus casilleros lo voluble de la buena o mala suerte. Y si se trataba de abundancia, la representación gráfica era el cuerno de la abundancia, ancestral símbolo de inagotable riqueza.

Aún en este tercer milenio plagado de alta tecnología y de mucho conocimiento, la Diosa Fortuna reina sin rivales a la vista. Nunca sabemos dónde ni cuándo nos tocará con su magia o tal vez –ojalá no- su contraparte, el infortunio, nos hará pasar malos momentos. La suerte, esa casquivana dama, sigue y seguirá influenciando nuestras vidas.

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Publicado en Fecha: 12 de abril del 2015
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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