De los sueños a la realidad

Dicen que por cada diez personas que sueñan hay una persona práctica que hace cosas. No por ello debe descuidarse al idealista. Sin ideales pasados no habría realidades del presente. Sin alguien que soñó en su momento con las cosas que ahora tenemos a la mano, tal vez no habría nada. Pero con solamente sueños e ideales no alcanza; tenemos que ver la forma de llevarlos al terreno de lo factible. Y para eso se necesita un organizador, un aparato individual o colectivo que permita ajustar medios y fines de forma tal que se llegue a un producto acabado, concreto.

Trátese de ideas revolucionarias, de avances tecnológicos o de teorías políticas, sin el punto de partida del soñador no habría nada. El que idealiza un objetivo abre la puerta para que el organizador comience a llenar las páginas vacías y concluya el trabajo o por lo menos avance hasta dónde pueda. Toda la historia de la humanidad es un ciclo recurrente entre gente soñadora y práctica. Desde los más grandes emprendimientos, inventos y descubrimientos hasta las cosas más pequeñas tales como un simple abrelatas, una tijera, un "clip" o una goma de ligar, fueron imaginados primero. Alguien tuvo la idea y a lo mejor pasó de allí a lo práctico o un tercero trabajó sobre la base de esa idea, pero en fin, sin una mente organizadora, sin el que entreteje con practicidad medios y fines, no se puede llegar a plasmar nada. La organización creativa es imprescindible.

Desde la época de los célebres filósofos Platón (idealista) y Aristóteles (realista) hemos tenido siempre presente esa dicotomía entre lo ideal y lo real que acompañó a la humanidad. No hay ideas sin su confronto con la realidad, no hay sueños posibles sin un organizador que intente transformarlos en tangibles o los deseche por irreales. Por otro lado, muchos ideales quedan tal cual y eso no es del todo malo. El ser humano siempre necesitará tener sueños que aunque no pueda cumplir ni sean viables le servirán de incentivo para desarrollar otras acciones de objetivos más limitados tal vez, pero no por ello menos útiles.

Cuando el organizador social llega a niveles patológicos pueden generarse excesos tanto a nivel individual como plural, sobre todo por la posibilidad de tener comunidades transformadas en gigantescos organizadores pulcros y meticulosos, pero sin creatividad ni posibilidades de cambio. No en vano se ha comprobado que el exceso de organización de una comunidad casi siempre atrae, tarde o temprano, al totalitarismo o al belicismo. Su contrapartida es el exceso de ensoñaciones, con su secuela de desorden, anarquía o debilidad. Un sano equilibrio entre el soñador y el organizador se impone, tanto en lo individual como a nivel de la sociedad en su conjunto.

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Publicado en Fecha: 08 de marzo del 2015
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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