El obligado enemigo

En 2002 y 2003 publiqué dos notas acerca de la teoría del "enemigo" de Carl Schmitt (1888-1985) controvertido pensador alemán cuyas ideas siguen flotando en el ambiente hasta nuestros días. Creo que vale la pena recordarlas nuevamente.

El escritor francés Víctor Hugo dijo: "amigo a veces es una palabra vacía de sentido, enemigo jamás". Tal como Schmitt, el notable galo recalcó la importancia de la rivalidad irreconciliable. Schmitt veía en la enemistad -y en el conflicto que ella en sí genera- la última línea de defensa frente a la amenaza de una mecanización total de la vida humana. Así surgió la "necesidad" del adversario, sin el cual "no se puede vivir".

Podemos desgranar hasta el infinito la dicotomía que define a rivalidades casi perpetuas, a dos oponentes encontrados y enfrentados en forma permanente, sea en lides deportivas, en la vida natural, en el comercio, en la política interna o mundial y en la experiencia cotidiana de cada uno de nosotros.

En esta peculiar relación subyace el concepto del historiador británico Arnold Toynbee sobre "desafío y respuesta", un elemento crucial para el desarrollo de las culturas sociales, la sobrevivencia de las civilizaciones y hasta la de las especies. Al respecto de esto último se piensa que los grandes dinosaurios del período jurásico se extinguieron –entre otro conjunto de causas– por falta de enemigos naturales, algo que les hizo perder vitalidad y capacidad de renovación.

Se cuenta también que el analista ruso Gregory Arbatov les dijo en 1991 a los norteamericanos después de la disolución de la Unión Soviética: “Acabamos de hacerles un daño mucho peor al que podríamos haber hecho con nuestros misiles nucleares: los hemos dejado sin enemigo”.

En nuestro pequeño mundo, pese a sinceros deseos de paz y armonía, tampoco faltan los enemigos potenciales a los que debemos enfrentar, a veces a diario, otras veces esporádicamente. Una cosa sí es cierta: quisiéramos vivir plácidamente sin el rival, sin el competidor, sin el enemigo permanente o de turno, pero parece que ello es casi imposible. El "contrario" forma parte de nuestra existencia, su presencia ejerce acciones en materia de superación o de declinación.

Schmitt nos recuerda siempre que la vida es lucha y que -sobre todo en política- la distinción entre amigo y enemigo no puede evitarse, es inherente al comportamiento social, al intercambio entre grupos e individuos. Tratando de sacar lo mejor de esta lúgubre doctrina, sobre todo para aquellos que no queremos ni deseamos tener enemigos, conviene consolarse razonando que tal vez sin el obligado enemigo no habría dinamismo ni cambio o redención posible, factores éstos producidos por triunfos o derrotas tanto por enemistades entre individuos como en el plano colectivo de enfrentamientos entre comunidades, empresas y grupos diversos. Parece que la presencia querida o no querida del enemigo es inevitable; parece también que a cada cual el oponente de turno lo ayuda en la generación de su propia definición. Quizá el viejo Schmitt tenía la razón.

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Publicado en Fecha: 31 de agosto del 2014
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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