Entre la estrategia y la táctica

Es común definir a la estrategia como al conjunto de acciones que se proponen para alcanzar un objetivo determinado, sea éste una misión militar, una elección política o una campaña empresarial de promoción de nuevos productos lanzados al mercado. Obviamente, la masa de recursos disponibles (físicos, materiales e intelectuales) resulta determinante para alcanzar el éxito procurado, ya que todo planeamiento estratégico -en primera instancia- debe ser capaz de cuantificar adecuadamente los medios a su alcance aptos para ejercer la acción propuesta.

El genio, talento o personalidad del estratego, del principal conductor o planificador, resulta también fundamental. Muchos planes terminan en fracaso pese a su brillante planteamiento previo por fallas en la conducción estratégica, por deficiencias en el mando empresarial, político o militar responsable de las acciones realizadas en pos de llegar a la meta deseada. La estrategia está siempre presente en el más alto nivel de toda organización y define también la dirección de sus actividades globales.

Las actividades intermedias o menores que forman parte del objetivo principal configuran la base esencial de la táctica o tácticas, o sea, las secuencias cortas que se ejecutan y cumplen en estricto alineamiento con el plan principal u objetivo estratégico. Es así que en varias ocasiones se ha definido al trabajo estratégico como el que hace un arquitecto y a las tareas tácticas como aquellas que ejecuta un albañil. Y esta metáfora es adecuada, ya que la estrategia –al igual que la arquitectura- tiene base científica pero resulta al mismo tiempo ser un arte.

Por otro lado, al igual que el albañil de una obra en construcción, el táctico muchas veces ni conoce ni necesita conocer la estrategia, todo lo que tiene que hacer es cumplir con los pasos intermedios que se le asignaron. La estrategia y la táctica -una vez pasado el planeamiento e iniciada la ejecución- se dan siempre en pares, no se puede concebir una sin la otra. Asimismo, es dable tener un plan “B” y hasta un “C” como alternativas posibles frente a lo que sucede una vez lanzada la estrategia. El propio concepto de llegar a un objetivo trae consigo la otra cara de la moneda: el oponente, sea éste enemigo militar, electoral u otros productos de la competencia comercial. Siempre habrá un oponente y por supuesto, ese rival tendrá su propia estrategia que intentará superar a la del contrario con las acciones que emprenda defensivamente o mediante ataques recíprocos.

De ahí la importancia de la flexibilidad permanente del pensamiento y de la ejecución estratégica. Llegado el momento de la acción, todo es permeable, todo puede modificarse según las circunstancias del momento. En definitiva, la estrategia me da el panorama en grande mientras la táctica proporciona la pequeña mirada. Conviene recordar que la segunda complementa dinámicamente a la primera y hasta puede influenciarla. No es posible tener una estrategia sin programación previa de sus movimientos tácticos y resulta imposible pensar en una táctica aislada de su contexto estratégico. Son partes indisolubles de un mismo proceso.


Publicado en Fecha: 10 de marzo del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

 

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