El espacio geográfico: destino y condición

El Barón Jordis von Lohausen (1907-2002), gran estudioso de la geopolítica europea, en su tiempo expresó atinadamente: “El espacio no puede ser inculpado, el espacio no puede ser llamado a rendir cuentas y contra la situación geográfica no puede entablarse un pleito judicial” (“El Coraje para el Poder”, Buenos Aires 1994, Grupo Editor Latinoamericano).

 Al respecto, mi siempre recordado amigo José Ortiz Mercado (+) solía narrar -con la simpática agudeza que le era característica- la presunta anécdota de un canciller rumano que puso un aviso en “The Times” de Londres donde manifestaba: “cambio excelente política exterior por mejor ubicación geográfica”. Como tantas veces lo repetí en el pasado, esto de la ubicación pese a su contundente simpleza no siempre se lo entiende cabalmente. Los estados son prisioneros de su espacio geográfico, éste les dará ventajas o desventajas acordes con su ubicación y la dotación de recursos que tenga.

 En sí ese espacio representa un destino inmutable y al mismo tiempo un inexorable condicionamiento. Los países no pueden moverse: están donde están, les guste o no. Y si encima perdieron algunos territorios vitales por falta de una adecuada concepción del espacio, peor aún, su posición pasará a ser más comprometida, difícil y en algunos casos hasta intolerable, como sucede actualmente con la forzada mediterraneidad de Bolivia, grave limitación que le coarta sus posibilidades de desarrollo y le provoca costos tanto económicos en el transporte como psicológicos en el ser nacional.

 Generalizando y cualquiera que sea el estado en cuestión, el mismo tiene que desenvolverse con lo que tiene, intentar recuperar lo perdido o ganar más espacio a expensas de otro estado más débil o menos cuidadoso con su territorio. La historia de los pueblos así lo ha demostrado. Pero más allá de esas dinámicas situaciones de potencial conflicto, el espacio que ocupa un conglomerado humano (contemporáneamente un estado) es fijo e incambiable y en la gran mayoría de los casos es reconocido como tal por la comunidad internacional.

 Ese lugar propio que es el territorio estatal sella el destino del grupo de seres que lo habita y condiciona al mismo tiempo a sus habitantes. El entorno geográfico –según sea su clima, altura, humedad, aridez, cantidad de materias primas, etcétera- genera cierto tipo de carácter y un peculiar modo de ver las cosas. No en vano el general Karl Haushofer -con algo de exageración y cargado de determinismo geográfico- afirmaba que “el espacio rige a la humanidad”.

 Aunque la tecnología permita transformarlo y mejorarlo parcialmente (también puede empeorarlo), en el corto plazo el espacio está simplemente ahí; ha forjado una peculiar manera de ser, de actuar y de ver las cosas por parte de la gente que vive en “x” lugar. La localización geográfica resulta ser un destino al mismo tiempo que una condición. Así ha sido siempre, así será. El dominio del espacio propio es parte indisoluble del desenvolvimiento de los pueblos en lo que hace a su crecimiento, desarrollo y progreso, o a su estancamiento y declinación.


Publicado en Fecha: 21 de abril del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

 

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