150 años del discurso de Gettysburg

La Guerra de Secesión de los Estados Unidos se inició en 1861 cuando los estados del sur procuraron su independencia y culminó en 1865 con el triunfo de la Unión. Tras sus éxitos militares en Virginia, el gran estratega sureño y Comandante del Ejército de Virginia del Norte, general Robert Lee, invadió territorio norteño. Luego de varios triunfos previos, Lee pensó en propinarle al ejército unionista -en su propia área de influencia- un golpe letal que ponga fin a la contienda y deje a la flamante Confederación seguir su camino. Estuvo a punto de conseguirlo, no fue así. La sangrienta batalla se libró entre el 1 y el 3 de julio 1863, en los alrededores de la ciudad de Gettysburg, Pennsylvania. El combate produjo la mayor cantidad de víctimas de toda la guerra: fallecieron más de 50.00 soldados de ambos bandos.

Luego de algunos desastres iniciales, el Ejército del Potomac al mando de George Meade finalmente logró contrarrestar los vigorosos ataques de Lee. Este, al ver que la lucha estaba perdida, se retiró ordenadamente con sus tropas y retornó al sur. Aunque la guerra duró hasta 1865, una organización civil del lado unionista decidió realizar el 19 de noviembre de 1863 un acto especial en el campo de batalla para honrar a los caídos en el fratricida encuentro. El orador principal era Edward Everett, un señor famoso por su elocuencia en ese entonces. Al presidente de la Unión, Abraham Lincoln, se le pidió que solamente pronuncie una breve alocución protocolar para concluir la ceremonia. Everett habló casi tres largas horas, hoy nadie se acuerda de lo que dijo. Lincoln habló solamente dos minutos, pero sus palabras quedaron grabadas en la historia para siempre. Esto fue lo que expresó el Presidente de los Estados Unidos en ese histórico 19 de noviembre de 1863: "Ochenta y siete años ha nuestros padres dieron a la luz en esta tierra una nueva nación, concebida en la libertad, y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados en igualdad. Hoy estamos comprometidos en una gran guerra civil, probando si nuestra nación, o sí cualquier otra nación así concebida y a tal fin dedicada, puede subsistir por largo tiempo. Nos hemos reunido en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una porción de ese campo como postrer lugar de descanso para quienes dieron aquí sus vidas a fin de que la nación viviera. Es del todo adecuado y correcto que hiciéramos esto. Pero, en más amplio sentido, no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar esta tierra. Los esforzados hombres que aquí bregaron la han consagrado ya muy encima de nuestra pobre facultad de agregar o sustraer. Poco reparará el mundo ni recordará por largo tiempo, lo que decimos nosotros aquí, pero no podrá olvidar jamás cuánto ellos hicieron aquí. Es deber de nosotros los vivos, dedicarnos al inconcluso trabajo que aquellos que aquí lucharon tan hidalgamente, así han adelantado. Es nuestro deber estarnos dedicados aquí a la enorme tarea que queda frente a nosotros, para que tomemos de estos muertos honrados, creciente devoción a la causa por la que ellos hicieron el postrero y máximo esfuerzo de su devoción, porque resolvamos solemnemente que estos muertos no han dado su vida en vano, porque esta nación, protegida de Dios, tenga nuevo nacimiento de libertad, y para que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no perezca en la tierra."

Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Vaya este recordatorio de los 150 años de un inmortal discurso para quienes creen que cuánto más tiempo se habla mejor. La historia nos señala que es exactamente al revés…

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Publicado en Fecha: 24 de noviembre del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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