Espionaje: ayer, hoy y siempre

El tan actual tema del espionaje -por urticante y molesto que sea para las libertades individuales- no es nada nuevo. Se espió ayer, se espía hoy y se espiará mañana.

El espionaje viene desde la antigüedad. La Biblia relata que Moisés antes del asentamiento del pueblo judío (al concluir éste su éxodo desde Egipto) envió agentes a la Tierra Prometida para que investiguen el lugar. Mucho después Alejandro el Magno haría lo propio con motivo de sus exitosas incursiones en Persia. Julio César también enviaba agentes hacia Galia para planificar la posesión romana de ese territorio. De igual manera procedió el mongol Gengis Khan en su ámbito euroasiático. George Washington despachaba “scouts” (exploradores) para que se infiltren en las líneas inglesas durante la guerra por la independencia de los Estados Unidos. No hubo conquistador, libertador o gobernante -en épocas de paz y de guerra- que no haya usado diversas modalidades de espionaje acordes al tiempo que le tocó vivir. Si antes eran exploradores o palomas mensajeras, luego se perfeccionaron nuevas técnicas. Ahora tenemos mensajes cifrados, satélites, “hackers” cibernéticos, intervenciones telefónicas, etc., junto con la perenne presencia de agentes secretos infiltrados. Nunca nos hemos podido evadir del espionaje interno y externo. Es una realidad histórica innegable.

Cada cual espía según su propia conveniencia. Los espionajes industriales y comerciales son ya pan común. Lo propio ocurre en otros campos no sólo gubernamentales sino de muchas actividades. Siempre ha sido tentador -y estratégicamente conveniente- espiar para determinados propósitos de seguridad interna, conquista, prevención y/o defensa propia.

Las técnicas de espionaje entran en contradicción directa con arraigados postulados ético-filosóficos, pero han sido y son parte intrínseca del mundo en el que vivimos. Es más, aquellos que critican al espionaje ven la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio, ya que hasta las comunidades más primitivas espían por diversos motivos. El que no espía por carecer de los medios para ello, en el fondo quisiera hacerlo aunque no lo admita abiertamente.

En este mundo globalizado del presente hay naciones con mayor capacidad de espionaje que otras. Si bien algunas de las potencias menores se rasgan las vestiduras, sabemos –reitero- que si tuvieran la capacidad financiera y tecnológica para espiar también lo harían. Y con gusto.

La necesidad de saber lo que hace u opina el contrario, agregando a ello la capacidad de juntar información (lo que hoy se llama “labor de inteligencia”) ha estado presente desde los albores de las sociedades organizadas. Tenemos que convivir con este tema, aunque sea molesto y contradictorio frente a diversas manifestaciones democráticas. Yo espío, tú espías, él espía, nosotros espiamos. El verbo “espiar” se puede conjugar en todos los tiempos, la pauta es parte recurrente de nuestras vidas. Negar esa realidad no conduce a nada, pero ciertamente creo que al espionaje se lo puede regular mediante maneras menos tenebrosas y más decentes que las vistas hoy casi a diario en todas las latitudes.

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Publicado en Fecha: 11 de agosto del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

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