LA VERDADERA FORTALEZA DE LOS PUEBLOS

Todo pueblo, toda expresión colectiva de un sentimiento común  enraizado entre individuos por lazos inexorables, tiene fortalezas y debilidades. Lo básico es que un pueblo, esté donde esté, sea cual sea su origen, debe tener siempre un destino, debe saber adónde va y cómo quiere llegar a sus metas preferidas o elegidas. Asimismo,  en todo pueblo hay que  saber resaltar lo positivo y  ser capaz de disminuir los factores negativos, presentes siempre en toda acción humana.

Un pueblo es débil cuando se deja arrastrar por la molicie de la comodidad. Cuando un conjunto de seres ya no impulsa sus ideales ni persigue sus propósitos, es el momento en que casi con seguridad pasará a la categoría de pueblo extinto o será candidato a  futuros estudios antropológicos. Mientras un pueblo conserve su fuerza y esté dispuesto a luchar, la cosa será diferente.

Y conste que por fuerza y por lucha no me refiero necesariamente a la violencia como tal. La fuerza espiritual es mucho más poderosa que la mera fuerza bruta y así lo ha comprobado la historia. Las luchas no precisan de enfrentamientos, pueden darse en el campo de las ideas o mediante resistencia pacífica. Lo importante es saber que hay que luchar perennemente. Durante toda la vida de un pueblo que se precie como tal, éste deberá responder a sucesivos desafíos. Solamente así  ese pueblo podrá remontarse hacia cambios cualitativos o -bajo condiciones extremas- por lo menos meramente mantener su modo de vida aún en situaciones de dura adversidad.

La mayoría de los pueblos se han extinguido no ante la presencia de fuerzas superiores, sino en la medida en que su laxitud avanzaba. Cuando se pierde la voluntad de lucha, cuando se extravía el sentido de marcha hacia horizontes definidos o cuando un pueblo se deja avasallar por la propia inercia e inacción, entonces ese pueblo desaparecerá, será borrado de la faz de la tierra. Lo más probable es que quienes lo venzan le maten inclusive sus recuerdos, la forma -como ya lo expresé en otras oportunidades- más contundente de liquidar a una expresión común sin matar físicamente a nadie. Basta con matar la memoria, con aniquilar la trama que gestó a un pueblo, para que ese pueblo no exista más.

Estos razonamientos son válidos ahora, cuando el pueblo cruceño se encuentra desorientado ante una hábil e incontenible arremetida que pretende quitarle su identidad.  En un “Estado Plurinacional”, por muy rimbombante que suene el nombre, siempre habrá un factor de dominación por encima del resto de los pueblos componentes. Sucedió en los imperios del pasado, ocurrió  con  la dominación del idioma alemán y  usos provenientes de Viena en Austria-Hungría,  pasó con  la férrea implantación de costumbres y del idioma ruso en la extinta Unión Soviética,  ciertamente puede suceder en Bolivia. Si un pueblo abandona su voluntad de lucha, pronto se dejará absorber por quienes pretenden conquistarlo.

Trabajemos con tesón para seguir siendo pueblo con peculiaridades propias. La receta es simple: no bajar la guardia, jamás doblegar voluntad y moral, estar siempre dispuesto a  luchar y no dejarse rendir por lo fácil.

Ante la proximidad del bicentenario de Santa Cruz de la Sierra, 2010 tiene que ser el año de la reafirmación de nuestra cruceñidad en el marco de un país diverso y unido. El aniversario no puede ser punto de partida hacia la disolución de un pueblo o para sesgar su digna trayectoria. El destino de Santa Cruz es crecer al servicio propio y de Bolivia toda, como el tiempo lo ha comprobado. Conservar la identidad  cruceña y luchar sanamente por ella, es lo que hay que hacer, aquí y ahora.


Publicado en fecha: 14 de mayo de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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