EL DOMINIO DE LOS “TECNOPOLIOS”

Allá por el ya lejano 1993 -a principios del proceso globalizador- anuncié el inminente auge de los tecnopolios, tomando como base al término acuñado por el fallecido humanista norteamericano Neil Postman (1931-2003). Ahora, terminando la primer década del tercer milenio, tales tecnopolios han consolidado su efectivo dominio. Pasemos a explicar nuevamente lo que fue comentado hace 17 años en una columna del suscrito.

Techné: arte u oficio; Logos: palabra, discurso. La tecnología podemos definirla como el proceso a través del cual el ser humano crea o mejora para su uso y progreso diversos elementos.  Por otro lado, todos estamos familiarizados con las palabras monopolio y oligopolio. La primera deriva de las expresiones griegas “mono” –único- y “polein”, vender. El monopolista sería el oferente único de algún bien, producto o servicio. Oligopolio (oligos: pocos), denota a un pequeño grupo de vendedores.

Por razones de diverso tipo, no siempre se cumplen las condiciones de la competencia perfecta. La consecuencia natural de ello, es la creación de oligopolios y monopolios que mediante asociaciones de productores –llamados cárteles, palabra derivada del latín Chartas y del “Kartell” alemán- son capaces de controlar precios o cantidades. Este fenómeno de la concentración productiva es prácticamente universal. Se da a nivel de empresas privadas como también en las públicas.

En un mundo, pues, que tiende hacia una suerte de neoproteccionismo y donde múltiples cárteles controlan importantes sectores productivos del comercio internacional, ya nos habíamos acostumbrado a gozar o sufrir de los caprichos que imponen monopolios y oligopolios. Resulta en este contexto verdaderamente significativo el “tecnopolio”, el vendedor de tecnología o la forma mediante la cual una sociedad termina subordinada a la tecnología. Podemos tener “monotecnopolios” u “oligotecnopolios”. Por la intrínseca peculiaridad exclusivista del actual desarrollo industrial, jamás tendremos “multitecnopolistas”. El mercado será  siempre cerrado, con muy pocos participantes.

Los tecnopolios están consolidando su dominio sobre nuestra civilización contemporánea. La parafernalia de redes electrónicas, computadoras, realidad virtual, comunicaciones por satélites, etc., ejerce control. Aunque sepamos como manejarla  en el uso cotidiano,  su aspecto intrínseco –su “know how”- está fuera del conocimiento y alcance de la gran mayoría. Los tecnopolistas tienen el saber, el cómo, el todo; en suma quizá  tienen en su manos hasta el futuro del universo.

Podemos continuar con una larga lista de ejemplos similares en otras diversas áreas del saber contemporáneo. Se fue creando una colosal maraña tecnopólica que está dejando a los consumidores prácticamente a merced de los tecnopolistas. Usamos cosas pero desconocemos cómo fueron hechas, tal como se ve típicamente en los programas (“software”) de computación y en  diversos tipos de aparatos modernos de utilización generalizada, pero sobre cuyo funcionamiento interno o estructura de formación no sabemos absolutamente nada. Los tecnopolistas sí y por eso nos dominan.

Si el auge tecnopolista resulta (como parece) ser irreversible, entonces el ser humano –amo de la tecnología al fin- para minimizar su potencial aspecto negativo y magnificar el evidente lado positivo de los tecnopolios, deberá compatibilizarlos con aquello que otorga a los pueblos un sentido y un propósito: la cultura tradicional –general y particular- en toda su amplia gama. Mientras esto no ocurra, los tecnopolistas seguirán teniendo el control.


Publicado en fecha: 26 de noviembre de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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