ETERNA LUCHA POR RECURSOS NATURALES

Tucídides -460 A.C., presuntamente fallecido el 395 A.C.- es considerado como el  padre de la historia por su magnífica narración  de la Guerra del Peloponeso (431-404 A.C.),  largo conflicto que enfrentó a dos coaliciones griegas, una presidida por Atenas y la otra por Esparta. Aunque  Tucdides afirmó que las guerras tenían tres causas básicas (el miedo, el honor y el interés), es un hecho que lo último muchas veces es lo que más arrastre tiene para iniciar una contienda. El interés manda.

Como todo organismo viviente, el ser humano está sujeto –lo estuvo siempre- a las limitaciones de su medio ambiente por un lado y al peligro de que los recursos disponibles para su subsistencia escaseen o se terminen. Ha sido así desde los albores de las civilizaciones. Es más, gran parte de los conflictos del pasado y del presente tienen su causa en pugnas territoriales ante los recursos disponibles. Hay una recurrente geopolítica que se repite una y otra vez, aunque siempre se procurarán modos de disimular las verdaderas intenciones del aspirante de turno a la conquista de lo ajeno. Un ejemplo cercano para Bolivia es la Guerra del Pacifico con Chile, cuyos pretextos y motivaciones disfrazaron la verdadera intención chilena de la época: arrebatarnos el guano y el salitre, tan valiosos en ese entonces. A ello se sumó luego la riqueza de los yacimientos de cobre descubiertos en la región que los chilenos terminaron conquistando para ellos en detrimento boliviano y de sus aliados peruanos. En este conflicto el interés era claro aunque –reitero- se lo disimuló hábilmente.

Las guerras, por tanto, tradicionalmente han sido llevadas a cabo por retener o por aspirar a conseguir recursos vía una mayor extensión geográfica con recursos específicos -cursos de agua, bosques, minerales- y desde el pasado Siglo XX energéticos vitales para la industrialización, tales como petróleo, carbón  y gas natural. Obviamente, de tanto en tanto hay, hubo y habrán luchas por motivos ideológicos o religiosos, pero aún así, el tema recursos está siempre presente. ¿O alguien puede afirmar que la invasión de Irak en 2003 no estuvo motivada en gran parte  por las enormes reservas petrolíferas de ese país? Y previamente en 1991 ¿Se hubiera movilizado el mundo industrializado ante otra invasión  en un país insignificante como sí lo hizo en el caso de Kuwait por tratarse de un pequeño territorio pero inundado con petróleo? Lo dudo. Las escasas intervenciones llamadas “humanitarias” que tuvieron lugar en esos mismos años –como las de Somalia, Etiopía, Congo, Chad, Ruanda-  terminaron siendo desastrosas en lo logístico o fueron  simplemente abandonadas al poco tiempo, dejando a esos desventurados estados fallidos librados a su suerte con la consiguiente cruel secuela de hambrunas, pestes o genocidios. La suma de intereses no justificaba los gastos. Así de simple. Sin codicia por los recursos nadie peleará.

Hoy en día el honor es cosa del pasado. Salvo muy honrosas excepciones, lamentablemente  el honor  ahora vale poco en lo personal y en lo internacional. El miedo es fácilmente introducido en la mente colectiva por los poderosos de turno mediante las hábiles jeringas de la guerra psicológica. Lo que prevalece en el mundo es el interés, la eterna búsqueda de recursos naturales para el propio provecho. Esta es la verdad pura y simple. Proteger recursos naturales y aplicar doctrinas militares específicas para ese efecto, ya no es algo traído de los pelos. Lo anunciado en marzo de 2007 por el Ejército Argentino al respecto -primeramente objeto de socarrones comentarios  internos y entre brasileños- que oportunamente comenté en su momento, terminó siendo  elemento pionero en la construcción de una doctrina de defensa de los recursos naturales. Otras Fuerzas Armadas de países emergentes le han seguido luego, tal el caso de Bolivia.


Publicado en fecha: 20 de agosto de 2010
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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