PERSPECTIVAS GEOPOLÍTICAS ACTUALES

La geopolítica ha sido siempre una disciplina controvertida. El estudio de la influencia de los factores geográficos en la acción política, de las decisiones políticas basadas en el marco geográfico o de la relación entre tales decisiones y el asentamiento geográfico (nacional e internacional), siempre se ha prestado a la polémica, inclusive a la exageración.
En muchas ocasiones ciertos postulados geopolíticos fueron usados con fines expansionistas y belicistas. No es de extrañar que el término hubiera caído en desuso, hasta en desprestigio, durante todos los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial.

Poco a poco, la vieja geopolítica se sacudió su lastre. Tuvo voceros que la fueron “levantando”, tanto por el lado de la llamada “escuela francesa” como –y fundamentalmente– por Henry Kissinger, quien desde fines de la década de los años 60 del pasado Siglo XX revalorizó  a la geopolítica al utilizarla recurrentemente en varios de sus análisis y comentarios, tanto mientras era Secretario de Estado (Canciller) de Richard Nixon, como en sus estudios académicos.

En los agitados días de este tercer milenio que transitamos, la palabra geopolítica ya sacó patente de buena conducta: es nuevamente respetable, ahora está de última moda. Es más,  hoy se tiende a exagerar su uso y resulta que todo es “geopolítico”, sin que necesariamente sea  siempre así.

Como medio para ir allanando la creciente confusión, el conocido geógrafo irlandés Gearoid Tuathail identificó tres corrientes en el uso contemporáneo del término “geopolítica”. En primer lugar, se usa la palabra para definir cierta “realidad externa”, para describir determinado fenómeno o para enfocarse en áreas o contextos específicos que se pretende analizar. Es así como decimos “geopolítica energética” o “la geopolítica del Medio Oriente”. En segundo lugar, cabe la forma en que Kissinger usa la expresión: básicamente como aquello desprovisto de sensibilidad (e inclusive de moral) y en un ámbito de “realpolitik”. No caben ideologías ni sentimentalismos; es la expresión palpable de una política de poder orientada a cierta región del mundo o al mundo como un todo. Esta visión kissingeriana,  si bien ­–y como se ha visto– por un lado promovió la palabra, por el otro no dejó de provocar rechazos; recuerda indirectamente las épocas del totalitarismo germano, cuando la geopolítica se utilizaba como un arma para la conquista.

Por último, viene una interpretación que tal vez sea la más usada y respetable en  nuestros días.  Me refiero a la geopolítica como parte de una visión estratégica global, visión que nos permite ver el planeta en perspectiva o diseccionar zonas, regiones, potencialidades y  problemas.  Así, la geopolítica está presente en todos los ámbitos del amplio campo de las relaciones internacionales; es un ingrediente esencial.

Con esta última interpretación, la geopolítica pasa a ser un instrumento valioso en la definición de políticas y en la búsqueda de lo mejor para el interés nacional en la dura arena mundial. Sin conocimiento geográfico y sin valorización del espacio, no hay nada, como lo he repetido incesantemente. Los pueblos que no tuvieron ni conocimiento geográfico ni valorización del espacio pagaron muy caro tal ignorancia, tal como le sucedió a nuestro país en el pasado y  nos puede volver a pasar, ya que –como he machacado tantas veces– seguimos  meramente ocupando, sin dominar  ni privilegiar,  nuestro rico espacio; encima de ello, enfrascados en confrontaciones internas estériles. No se han aprendido las duras lecciones de la historia, seguimos en Bolivia sin un concepto estratégico nacional.

 

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