MUSEO DE LA POBREZA Y REALIDAD DE LA POBREZA

Como es de conocimiento público, Muhammad Yunus es un ciudadano natural de Bangladesh, merecido ganador este año del Premio Nobel de la Paz y que se hizo famoso por la concesión de préstamos (micro créditos) a gente muy pobre, llegando a crear el Grameen Bank. Viene diciendo desde hace una década y lo acaba de repetir (Time, 23 de octubre), reiterándolo pocos días atrás (Reuters), que la pobreza mundial puede terminar en un museo si los bancos y gobiernos deciden estimular las energías creativas de los millones de personas pobres del mundo. Anteriormente había sido enfático también al señalar que “los niños del futuro tendrán que ir a un museo para ver la pobreza”. Es más, pronosticó que para 2030,  él personalmente coadyuvará en la creación de ese peculiar museo de la pobreza.

Yunus nació, trabaja y triunfó, con sus ideas, en uno de los países más desgarradoramente pobres del planeta. Sin embargo, opina que erradicar la pobreza puede ser algo efectivo y relativamente rápido, en 24 años, más o menos el equivalente de una generación.

Optimista y verdaderamente lindo el pensamiento de Yunus; ojalá en ese tiempo no haya más pobreza en el mundo, pero para lograrlo hace falta sensatez, buen sentido y visión estratégica con acciones concretas, sin demagogia fácil.

Uno de los mecanismos más efectivos para la reducción estructural de la pobreza ha sido la capacidad de generar iniciativas individuales creadoras, partiendo de la economía libre y del fomento a esa libre iniciativa. Las experiencias colectivistas y populistas han dado resultados de coyuntura pero como no van al fondo de la cuestión, o nivelan hacia abajo (lo cual es bien fácil) u ofrecen paliativos que tarde o temprano desaparecerán y surge nuevamente el problema, agigantado inclusive por la insatisfacción de expectativas infladas por promesas bien intencionadas, tal vez, pero decididamente erróneas.

Esto último es un poco lo que ha venido sucediendo en Bolivia recurrentemente y hasta ahora. Pese a grandes recursos naturales, agua y territorio en abundancia, el país sigue siendo pobre y –lamentablemente de proseguir la tendencia- se puede predecir que seguirá siendo pobre. Tal vez mientras Yunus en 2030 pasee orgulloso a los visitantes que quieran “conocer” la pobreza mediante el museo que armará, paralelamente la pobreza podrá verse directamente viniendo a Bolivia y a varias otras partes de América Latina…

Así están las cosas y así estarán, mal que nos pese, nos guste o no nos guste, ya que la verdadera batalla por la pobreza se comienza a ganar cuando se genera riqueza, no cuando se distribuye lo poco que hay o se regala desde el  prebendalismo estatal. Y la riqueza solamente puede crearse mediante trabajo efectivo, gestiones talentosas, estímulo de la actividad privada y otros elementos  que no por ser los “satanes” de la hora, no han dejado de ser plenamente efectivos en el largo plazo. Miren sin ir demasiado lejos a Chile: los transandinos redujeron notablemente sus índices de pobreza y marginalidad en los últimos años mientras en el resto del continente se mantienen iguales o creciendo. Miren también hacia atrás en Bolivia y verán que hace 24 años éramos pobres y muy probablemente seguiremos siendo pobres en el 2030. ¿La razón para ello? Políticas públicas inadecuadas, demagógicas y excluyentes; gasto de recursos sin fines adecuados, etc.

En este “corsi y ricorsi”, pues,  lo único que puede predecirse es que mientras Yunus estará en Bangladesh preparando su museo de la pobreza, acá  en Bolivia la seguiremos penosamente sufriendo en forma real.

 

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