EL ALARMANTE RETORNO DEL ESTADO OBESO

En un ya lejano 1984 publiqué una nota justamente titulada “El estado obeso”. En ella me referí al alarmante apetito estatal en ese entonces por acaparar empresas y servicios. Pasaron los años, vino la llamada época de las reformas, el Consenso de Washington y toda una parafernalia privatizadora (o “capitalizadora”) típica de las décadas 80 y 90. El resultado fue un giro al otro extremo: del  estado obeso se pasó al estado anémico, a un estado débil e incapaz de cumplir ni siquiera con requisitos esenciales tales como educación, seguridad, justicia, salud. Todo lo que tenía el estado, lo entregó a precio bajo y sin medir consecuencias.

Ante semejante falla, desde principios del tercer milenio el pueblo clamaba en Bolivia por una mayor intervención estatal, por un estado fortalecido que oriente y sirva a la sociedad, que brinde adecuados mecanismos de regulación y control.  Ahora en 2006 veo con alarma que el péndulo nuevamente gira 180 grados: en lugar de encontrar un punto de equilibrio acorde con las realidades del mundo globalizado y del momento  nacional actual, observamos impotentes el retorno del estado obeso: el estado quiere acaparar todo, administrarlo todo, con los consiguientes desastres que pueden preverse casi matemáticamente.

Desde mediados del Siglo XX el estado  boliviano ha tendido a engordar bajo una miríada de regímenes políticos de diversa policromía. El estado del pasado monopolizaba minas, comercialización, energía y gas, comunicaciones y ferrocarriles más otras  diversas empresas, emisiones de televisión y llegó a poseer hasta  fábricas de fósforos y artesanías,  sin contar  concesiones de todo orden. Y para colmo, ese nuestro gordito cuando no comía, tampoco -como el perro del hortelano- dejaba comer a nadie.

El fracaso del estado boliviano  como empresario y como monopolista fue sino total, por lo menos muy grande. Ni los presuntos beneficiarios de determinadas medidas, ni la población en general, experimentaron resultados tangibles durante la obesidad del pasado.

El estatismo fue, pues, común denominador por encima de las ideologías. Luego vino la era recientemente pasada, en la que lo menos que faltó fue que se elimine al estado; se lo dejó tan flaco que no servía casi para nada. Hoy se lo intenta engordar nuevamente y con dosis aceleradas de alimentos, hasta el punto de estar atravesando problemas digestivos por no poder digerir todo lo que hasta el momento ya se ha tragado. Aún así, el estado quiere seguir comiendo, quiere seguir engordando; por lo menos eso se deduce de las declaraciones de autoridades competentes en función de gobierno. Los resultados a corto plazo de esa política son previsibles y desde ya, alarmantes: ineficiencia y falta de inversiones.

Es hora de exigirle una dieta al estado en proceso de “engorde” antes de que retorne a la obesidad. La falta de alimentación por cierto tiempo podrá liberarlo poco a poco de la maraña que deglutió a lo largo de estos últimos meses. Una vez el potencial obeso retorne a un peso normal, seguramente los bolivianos y bolivianas que dependemos de él estaremos algo mejor y  con más libertad para ayudarlo a que desarrolle firmes músculos en su panza en lugar de tupida e inútil grasa.

 El Estado no tiene por qué ser obeso; debe ser simple pero fuerte, orientado hacia funciones básicas: control, regulación y otros atributos generadores de igualdad de oportunidades, como también facilitador de inversiones y de estabilidad jurídica, proveedor de justicia, salud, educación y condiciones para el desarrollo integral.  Cuando comienza a administrar el estado, cuando se mete en todo, comienzan los problemas, sea cual sea el sector. Los resultados del pasado están a la vista; esta vez la cosa no tiene por qué ser diferente, a no engañarse.

 

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