CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA, SEGÚN MONTESQUIEU

El 18 de enero de 1689 nació Charles Louis-Joseph de Secondat, Barón de la Brede y de Montesquieu, conocido más tarde sólo como Barón de Montesquieu. Falleció el 10 de febrero de 1755 a los 66 años de edad.

Muchos le atribuyen a Montesquieu la paternidad de la moderna Ciencia Política. Su obra cumbre, "El Espíritu de las Leyes", es hasta hoy motivo de reflexión, paráfrasis y polémicas. Es asombrosa la vigencia de su pensamiento a lo largo del tiempo.

Montesquieu señaló que "las leyes son relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de las cosas" y que todos los seres tienen sus leyes. Desde la divinidad hasta los animales –afirmaba– todos tenemos leyes, ordenamientos que evitan la fatalidad ciega y el caos. Luego mencionaba las leyes positivas, expresadas en esa época a través del Derecho de Gentes, el Derecho Civil y el naciente Derecho Político. Montesquieu consideraba que "cuando en la república la soberanía reside en el pueblo, nos hallamos frente a una democracia".

Montesquieu  fue enfático al señalar  que más allá de la fuerza de las leyes, el principio básico de la democracia era la virtud, tal como fue preconizada por los antiguos griegos. Cuando la virtud desaparece, asevera, comienza la corrupción de la democracia y la república corre el riesgo de perderse. Es por eso que luego, en el libro XII de "El Espíritu de las Leyes", Montesquieu analiza el fenómeno de la corrupción de los principios. Dice textualmente: "La corrupción de cada gobierno empieza, casi siempre, por la corrupción de los principios".

Nuestro  glosado autor opina que "el principio de la democracia se corrompe no sólo cuando se pierde el espíritu de la igualdad, sino también cuando se extrema ese mismo principio, es decir, cuando cada uno quiere ser igual a los que él mismo eligió para que lo gobernaran". Añade a continuación: "El pueblo, entonces, no pudiendo aguantar siquiera el poder que él ha confiado, quiere hacerlo todo por sí mismo: deliberar por el Senado, ejecutar por los magistrados, y despojar a todos los jueces".

Resulta interesante detenerse con atención en este importante párrafo de Montesquieu. Es necesario prevenir e impedir la corrupción del principio de la democracia, corrupción que –como acertadamente señala– lleva hacia algo lamentable: “al desaparecer la virtud de la república todos se aficionarán al libertinaje". Se llegará a decir –como en "El Banquete" de Jenofonte–,  “no tengo nada que perder y mucho que adquirir".

          Continúa Montesquieu: "El pueblo cae en esta desgracia cuando aquellos a quienes se confía, para ocultar sus propias fallas y  para que los ciudadanos no vean sus ambiciones, les hablan sin  cesar de la grandeza del pueblo”. Enfáticamente añade: "Cuando más parezca  el pueblo sacar provecho de su libertad, más próximo estará el momento de perderla". Concluye: "Dos excesos tiene que evitar la democracia: el espíritu de desigualdad que,  o la convierte en aristocracia, o la lleva al gobierno de uno solo y  el espíritu de igualdad extrema, que la conduce al despotismo y ese despotismo acaba por conquistar al gobierno".

Estas ideas de Montesquieu son válidas aún en este tercer milenio. Nos  obligan a meditar seriamente.

 

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