NUEVAMENTE EL VITAL TEMA DE LOS BIOCOMBUSTIBLES

El año pasado (noviembre) me referí al asunto de los biocombustibles y reclamé la necesidad de que en Bolivia nos pongamos manos a la obra. Últimamente ha habido algo de “palabrerío” al respecto, pero se notan mínimas acciones concretas, por lo menos hasta el momento.

La enorme ventaja de los biocombustibles radica en que por ser justamente “bio” (o sea, con vida) se producen a través de materias orgánicas, de las que tenemos abundancia en Bolivia. Desde cualquier aceite de palmera, pasando por la soya, grasa animal y otros óleos provistos por la naturaleza, todo sirve para hacer combustibles biológicos. Son además combustibles de excelente calidad, limpios y no contaminantes, lo que garantiza que Bolivia cumpla con lo establecido por la comunidad internacional en el Protocolo de Kyoto (Japón) sobre cuidado del medio ambiente y reducción paulatina del uso de carburantes de origen fósil.

Si algo cabe destacarse en la historia de los hidrocarburos bolivianos, es que en materia estrictamente petrolera prácticamente nos hemos estancado. Desde hace mucho tiempo la producción nacional anda alrededor de los 40.00 barriles diarios,  muy pequeña cantidad y que resulta apenas suficiente para garantizar el consumo interno. El sueño de ser un país rico en petróleo se transformó en otro sueño menos ostentoso pero igualmente redituable e importante: ser un país gasífero, la segunda reserva comprobada en Sudamérica de gas natural.

Pero el tema de hoy no es el gas sino los combustibles clásicos. Y en este contexto, cabe recordar que Bolivia se ve obligada a importar diésel por un valor superior a los 130 millones de dólares anuales y, encima de ello, tiene que subsidiarlo para mantener bajo el precio. Este proceso está resultando un arma de doble filo, ya que por un lado tranquiliza a los usuarios pero por el otro fomenta las salidas clandestinas hacia países vecinos del diésel subsidiado. Más allá de que tarde o temprano hay que procurar una solución a tal problemática, el hecho es que cabe impulsar un dinámico desarrollo nacional de la industria de los biocombustibles en toda su amplia gama y comenzando con el biodiésel, que es lo que más se necesita –aquí y ahora– para reemplazar al diésel tradicional producido como derivado del petróleo.

Si el Brasil puede ser la Arabia Saudita de los biocombustibles por su extensa geografía y su diversidad de fuentes naturales para generar carburantes a partir de aceites y grasas, Bolivia no se quedaría mucho más atrás: podríamos ser el Irak o el Kuwait de los biocombustibles, dada también nuestra oferta de óleos y productos naturales varios, todos ellos  aptos para la producción de biocombustibles.
Y hablando del Brasil, ya he visto en el país vecino letreros en las estaciones de servicio (surtidores) con las mágicas palabras “se vende biodiésel” y “hay biocombustibles”. Mientras, en Bolivia seguimos con el blá, blá.

Es hora de comenzar a trabajar con seriedad en el asunto de los biocombustibles. A partir de la realidad de la nacionalización de los hidrocarburos y del nuevo papel que jugará un Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) revitalizado, deben generarse sociedades mixtas entre estado y privados a través de contratos de mutuo beneficio que incentiven la inversión en plantas de biocombustibles, liberando así al país de la dependencia externa y dándole, al mismo tiempo, una muy buena oportunidad a los agricultores locales para poder colocar sus oleaginosas en el propio mercado interno.

 

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