Entre profeta y estadista: el dilema del líder

Agustín Saavedra Weise

06-07-2007

En Un mundo restaurado (Fondo de Cultura Económica, México, 1973), Henry Kissinger narra los entretelones del Congreso de Viena (1815) convocado tras la caída de Napoleón Bonaparte. El autor comenta cómo los grandes líderes europeos de la época delinearon un orden, un inteligente equilibrio basado en el concepto de balance de poder que permitió muchos años de paz en Europa tras décadas de convulsión desde la Revolución Francesa (1789). Una de las partes de actualidad en el relato de Kissinger es aquella donde diferencia entre estadista y profeta. El profeta es aquél que está más interesado en ‘profetizar’ mediante ardides de popularidad o su legítimo carisma, pero al que, en definitiva, le interesa conquistar masas y mentes más allá de sus resultados como administrador. Por otro lado, el estadista no aspira a la popularidad, pero sí procura el bien común, el genuino cambio cualitativo de su sociedad para hacerla progresar, para lograr una positiva evolución. Piensa con sentido prospectivo, con visión y amplitud estratégica; el estadista hace lo difícil, no lo simple o lo meramente oportuno, como es habitual en el profeta. Para el estadista, su legítima ambición se basa en qué se dirá de él y de sus obras en los días que vendrán; el estadista no vive del fácil aplauso de hoy, maná que sí es imprescindible para el profeta de turno. Es bastante más sencillo aspirar a ser profeta que a ser estadista. Unas cuantas poses populistas, palabras conmovedoras, reparto de lo poco que hay sin pensar en el futuro, etc., son algunas de las expeditivas recetas de los aspirantes a profetas. El trabajo duro, la búsqueda de un progreso basado en el orden y las instituciones es el fundamento del estadista. Esto, obviamente, es mucho más arduo, pero a la larga es durable, deja huellas profundas en la sociedad. Los Ayatolás, los Fideles, los Mugabe, los Chávez de esta nuestra era, ¿qué dejarán al final de la historia? Poco, muy poco; apostaron a ser profetas y evidentemente lo fueron, lo son o lo serán, pero perdieron –o perderán– en el largo plazo la apuesta verdadera: ser estadistas para beneficio de su pueblo y de las generaciones del mañana. El presidente Evo Morales se encuentra aún en un punto de inflexión, en esa imaginaria pauta matemática a partir de la cual se asciende o se desciende irreversiblemente. Hasta el momento, por amistad con otros profetas, por imitación o por simple ideología, ha preferido ser uno de ellos y dejar de lado al estadista. Está en manos de S.E. iniciar la tarea de transformarse en estadista, para su propio beneficio y el de la nación. Primeros indicios nos señalan que el camino del profeta parece ser incambiable, pero la esperanza –esa pequeña virtud que cuando se soltaron pestes y pecados quedó encerrada en la Caja de Pandora– nos hace pensar que quizá y antes de que sea demasiado tarde, Evo Morales llegue a transitar el camino del estadista, para que en lugar de dividir, fraccionar y confrontar, una a Bolivia, a bolivianos y a bolivianas de todas las razas, costumbres y colores, en una nación única bajo el sol con sentido positivo de la vida, soberana y en progreso. Está ahora en sus manos decidir ser estadista y alejarse del aprendizaje fácil de profeta. Si es así, el futuro inmediato de la patria será venturoso. Caso contrario, podrá llegar a ser desastroso.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia