Entre lo ideal, lo real y lo justo

Agustín Saavedra Weise

03-08-2007

Según Henry Kissinger, “todo estadista debe tratar de conciliar lo que considera justo con lo que considera posible. Lo que se considera justo depende de la estructura interna de su Estado. Lo posible depende de sus recursos, posición geográfica y determinación, así como de los recursos, determinación y estructura interna de otros Estados”. Como máximo exponente contemporáneo de la política realista que en su momento definió Hans Joachim Morgenthau (1904-1980), el ex secretario de Estado estadounidense señala algunas pautas que, tarde o temprano, un gobernante debe dilucidar. Lo ‘justo’ es un juicio de valor relativo y que muchas veces depende de la ideología dominante, más allá de conceptos elementales en torno al profundo significado de esa palabra. Lo posible es aquello que está a nuestro alcance, esa cosa que podemos lograr exitosamente con los recursos disponibles y en interacción (cooperativa o conflictiva) con otras estructuras similares. Plantearse algo que vaya más allá de lo posible nos lleva al campo de la utopía o al terreno del idealismo. Y esto último no es malo en sí, pues los ideales existen, están ahí, en la mente del líder y hasta en diversos segmentos de la sociedad que él dirige. Sin ideales es difícil tener una concepción del mundo, una matriz de pensamiento. Sin embargo, aquél que pretende forzar lo ideal sin ser ello posible en su tiempo y hora, terminará generando un efecto perverso, esto es, un resultado totalmente contrario al esperado. Es por eso que en la vieja polémica entre idealismo y realismo para el manejo internacional, a la larga se impuso el realismo con su carga de pragmatismo y eficacia, sobre todo cuando se lo supo aplicar con sabiduría en función de los propios intereses, como también tomando en cuenta las restricciones del contexto internacional. Desde la paz de Westphalia (1648) se consagró el principio de la soberanía de los Estados y de la legítima pluralidad de sus intereses y aspiraciones. Este mundo westphaliano se encuentra ahora en jaque debido al creciente ímpetu de los procesos globalizadores y a las nuevas condiciones que enfrenta el mundo. No puedo imaginar a ciencia cierta cómo se establecerá el orden internacional del futuro inmediato, pero lo más probable es que algunas de las pautas señaladas varios siglos atrás sufran drásticas transformaciones, sobre todo si continúa sin contestatarios el dominio unipolar predominante de Estados Unidos por varias décadas más. Una China en ascenso, una Europa unificada y una Rusia que desea retomar el rumbo de otrora pueden servir de contrapeso, pero ello no parece viable aún, por lo menos en los próximos 20 años. Sobre este importante tema volveré en otra oportunidad. Lo importante –al final– para el verdadero estadista es determinar para su comunidad un sano equilibrio entre la manutención de sanos ideales como basamento filosófico y con un sentido de justicia en los actos de gobierno; manejarse, asimismo, en la coyuntura del momento con la máxima dosis posible de realismo, ponderando ventajas, riesgos y limitaciones, tanto internas como externas. Sin este trípode en perfecto balance, el estadista tropezará ineluctablemente en el sendero de su gestión.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia