Brasil: sigue el caos aeronáutico

Agustín Saavedra Weise

09-11-2007

Los dos terribles accidentes, que juntos costaron más de 300 vidas (GOL en 2006 y TAM hace pocos meses en el aeropuerto de Congonhas, San Pablo), parece que no han sido suficientes para sacudir la incompetencia de las autoridades brasileñas a cargo de la aviación civil comercial. Cuando sucedió la segunda tragedia, todo el mundo dijo que era algo “anunciado e inevitable”, debido al desorden del sector. Luego de algunos ajustes, el Gobierno anunció hace un par de meses -muy orondo- que “la crisis aérea había terminado”. No es así. Acabo de volver del Brasil y comprobé que el tal desorden aéreo sigue y sigue, lo he experimentado en carne propia. Esto está provocando enormes retrasos e inconvenientes a los sufridos usuarios, sobre todo para quienes deben hacer escalas y conexiones de un lado al otro del extenso territorio del país hermano, de más de ocho millones de kilómetros cuadrados. El presidente Lula ordenó -luego del desastre de San Pablo- cambios y ajustes; algo mejoraron las cosas por un tiempo, pero el pasado fin de semana el problema reflotó con igual o mayor intensidad. El drama de los cielos en Brasil ya tiene características casi endémicas. La televisión carioca ha mostrado, hace pocos días, a mucha gente airada por las largas esperas y las agresiones de un público enojado contra funcionarios de las líneas aéreas, aunque cabe reconocer que éstas no son culpables; las compañías de aviación son –económicamente- las principales perjudicadas debido a los inconvenientes creados por quienes evidentemente no saben manejar las cosas adecuadamente. Es más, con el caos existente, se percibía la posibilidad de otra tragedia. Ella se produjo el pasado domingo 4 de noviembre al caerse un ‘jet’ ejecutivo sobre una vivienda en San Pablo, con un triste saldo de ocho muertos. Dejando de lado fallas técnicas, la incompetencia de las autoridades fogonea el tremendo temor de otro drama aún mayor. Ojalá no sea así. A todo esto, consultado hace pocos días el actual ministro de Defensa y máximo funcionario responsable de la aeronáutica brasileña, Sr. Nelson Jobim, manifestó muy suelto de cuerpo que “la crisis de la aviación comercial se solucionará cuando la gente deje de volar”. Tal comentario, primitivo e inadecuado, motivó un fuerte editorial crítico publicado por el prestigioso matutino “O Estado de Sao Paulo”. El problema de fondo en el Brasil tiene dos componentes: controladores aéreos e infraestructura. Los primeros son casi todos en su mayoría militares (resabio de las dictaduras) y se creen con derechos irrenunciables a sus cargos y prebendas. Es hora de cambios, como en su momento lo hizo Ronald Reagan en EE.UU. y Néstor Kirchner el año pasado en Argentina. El control aéreo no es monopolio militar, es algo de naturaleza altamente técnica y de seguridad. Con respecto a la infraestructura, ella debe modernizarse y crecer, acorde con una nación gigantesca como Brasil y con pretensiones de ser potencia emergente. No se trata de dejar de volar, como afirmó irresponsablemente el ministro Jobim, sino de saber –con certeza, por sentido común y por el propio crecimiento del país- que se volará cada vez más y de crear, por tanto, las condiciones para que eso ocurra con eficiencia y seguridad. Mientras no se corte el nudo gordiano, la situación de incomodidad en los aeropuertos brasileños será una constante. Lectoras y lectores de viaje al Brasil y con conexiones: respiren profundo, acumulen mucha paciencia; la necesitarán.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia