Afganistán: entre el opio y una guerra perdida

Agustín Saavedra Weise

07-09-2007

Pocos días después de los luctuosos atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, publiqué una nota titulada Afganistán: un hueso duro de roer. En procura de la captura del temido terrorista Osama Bin Laden, autor intelectual de esos terribles ataques contra Estados Unidos, todo apuntaba en ese entonces a una inmediata acción militar contra el régimen de los talibanes (significa ‘buscadores de la verdad’) que dominaba Afganistán. Terminaba la nota expresando: “Si cabe un alerta, recomiendo a los nuevos estrategas del Pentágono y de la OTAN una simple lectura de la historia. Afganistán es un hueso duro de roer. La guerra, si ocurre, no será fácil”. Sin ser ni estratega ni futurólogo, mi modesta opinión –expresada en una columna– fue premonitoria: la guerra en Afganistán ahora en 2007 está perdida irremediablemente y, además, como saldo trágico, lo único que han ‘logrado’ los bombardeos, la ocupación y el Gobierno títere es que Afganistán triplique los cultivos de la amapola, materia prima para el opio, colocándose ese país a la cabeza mundial de la producción e inundando el planeta con heroína y otros derivados opiáceos. Tremendo de verdad. Por otro lado, la administración apoyada por Estados Unidos apenas controla la capital (Kabul), pues ya en los suburbios comienza el renovado dominio talibán. El ‘deporte’ predilecto de las díscolas tribus afganas ha sido históricamente el pelearse entre sí y parece que tristemente lo seguirá siendo, pero es un hecho que cada vez que los afganos fueron invadidos, sea por el Imperio Británico en el siglo XIX o en 1979 por la entonces poderosa Unión Soviética, o desde 2001 por estadounidenses y otras tropas extranjeras, esas mismas tribus peleadoras y anárquicas siempre se han unido para repeler al invasor de turno. Desde el prestigioso New York Times hasta simples declaraciones personales de soldados, funcionarios y consultores que han pasado por el montañoso país, manifiestan –con innumerables pruebas– que el conflicto por Afganistán es un pantanal sin salida y que la causa está, reitero, perdida. Si a ello le agregamos el desastre de Irak, el contexto es preocupante, no solamente para EEUU, sino también para el equilibrio geopolítico global de toda esa conflictiva región. No sé cuándo ni cómo saldrán las tropas extranjeras de Afganistán. Por ahora, el caso de Bagdad con sus recurrentes actos de violencia acapara las noticias; pero hay que tener presente la situación en Kabul, pues una no se entiende sin la otra. Luego de los atentados de 2001 se iniciaron operaciones de bombardeo en Afganistán y una ocupación militar prosiguió. Tiempo después (2003) llegó la invasión estadounidense a Irak, mal planeada y sin haber contado –como se pudo hacer con una mejor diplomacia– con el aval de las Naciones Unidas. Todo este despliegue se encuentra actualmente en crisis, jaqueado por la propia oposición y por la opinión pública de EEUU. Malo el panorama, mala la perspectiva. Veremos qué sucede en los próximos meses, sobre todo tomando en cuenta que el tiempo se le agota a George W. Bush, a quien poco le falta para concluir su controvertido mandato.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia