Malo: al final no habrá preconstituyente

Agustín Saavedra Weise

09-06-2006

A veces puede resultar pedante afirmar “ya lo dije” o “yo lo dije”, pero en algunas ocasiones es bueno recordarlo, sobre todo cuando se trata de cuestiones trascendentales. Y nada puede ser más importante para una nación que una Asamblea Constituyente, que determinará el tipo de país que se quiere y el conjunto de reglas del juego que la nación tendrá en el futuro para lidiar con éxito –o fracasar miserablemente– en este siglo XXI. Y sin embargo, la Constituyente casi es tomada a la chacota como antro de politiquería o, simplemente, sirve de hervidero de cosas por ‘cocinarse’. En este sentido, este columnista afirmaba en marzo de 2005: “Desde los asuntos más serios hasta lo más disparatado, todo se lo quiere mandar a la Constituyente. A este paso, la Asamblea que se instalará será una especie de gigantesca y bullanguera marmita a la que se le han agregado tantos temas por tratarse que, en lugar de ser el punto de partida para fundar un nuevo país, puede transformarse en una fatídica olla de Mongolia, como ese típico plato chino formado por retazos de lo que cae en un recipiente con agua hirviendo puesto enfrente de los comensales, que al final se comen todo lo que hay dentro sin mayores discriminaciones. No, eso no puede ser; creo que la Asamblea Constituyente debe ser otra cosa”. Seguidamente manifestaba que “todo Estado nacional organizado es más, mucho más que un simple papel. El Estado es espacio, territorio, medio ambiente y población, con todo lo que ello acarrea en materia de recursos naturales y energéticos. El Estado es algo dinámico y no meramente formal. Esta clara distinción refleja que toda Asamblea Constituyente debe también tomar en cuenta aspectos de naturaleza geopolítica, o sea, la relación entre geografía, poder político y los vínculos entre población y suelo. De nada sirve la letra muerta sin la confrontación con esa realidad”. Agregaba: “Llevar todo a la Constituyente, como si fuera la mencionada marmita cuyo brebaje ‘mágico’ solucionará los problemas del país, no me parece lo más sensato posible. Más bien agravaría dichos problemas. Hay que proceder con cordura, pues se trata de crear las bases de una flamante y vigorosa Bolivia, no de ensamblar un gallinero donde todos riñan y discutan para llegar a crear (si se crea) un frustrante mamarracho”. Concluía sugiriendo la necesidad de una asamblea preconstituyente que analice y discuta los diversos proyectos de ley y de cambios constitucionales, sus adaptaciones a la realidad vigente, etc., para que así el trabajo de la Asamblea sea más coherente y preciso, y esté mejor encasillado en su accionar. Pues bien, a poco tiempo de las elecciones de constituyentes, nada se ha hecho y nada se hará. Lo único que cabe esperar es que el año que duren las deliberaciones, una especie de espíritu santo de la política ilumine y brinde sabiduría colectiva a los constituyentes que sean elegidos, para así poder evitar el desastre. Por ahora y sobre la base del vendaval de entrada de propuestas –desde lógicas hasta absurdas– para la Asamblea Constituyente, ésta ha de tratar todo lo verosímil y lo inverosímil, lo posible, lo utópico, lo realista y lo demagógico. Exactamente lo contrario de lo que, yo por lo menos, esperaba. En fin, Dios salve a Bolivia, como siempre lo hace en el último momento, pero no sin antes hacernos sentir el peso de nuestros propios errores.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia