Los mapas en la geografía y en la política

Agustín Saavedra Weise

03-02-2006

Richard von Kuhlmann, ministro de Relaciones Exteriores de Alemania (1918), observó lo siguiente: “La posición geográfica y el desarrollo histórico son factores tan determinantes de la política exterior que, al margen de los cambios de Gobierno, la política externa de un país tiene una tendencia natural a retornar una y otra vez a los mismos y fundamentales alineamientos”. Considérese el pensamiento –más fuerte aún– del diplomático francés Jules Cambon: “La posición geográfica de una nación es el principal factor condicionante de su política exterior, la principal razón por la cual debe tener una política exterior”.
Esto no significa determinismo. La tierra es la escena y el ser humano selecciona la obra, pero en la búsqueda de un destino nacional los gobernantes tienen que tomar en cuenta las propiedades físicas propias y mundiales. El escenario es siempre dinámico en el largo plazo y estático en el corto. Los cambios tecnológicos y científicos cooperan o perjudican, alterando las condiciones naturales del espacio bajo estudio.
Los mapas son una forma de representación de la escena internacional. Hoy hay mapas para todos los gustos y adecuados a múltiples disciplinas. Ninguno de ellos puede ser réplica exacta, pese a las mejoras introducidas por la fotometría vía satélite. A mayor área, mayor será la distorsión.
El problema esencial de la cartografía es representar en dos dimensiones lo tridimensional. Mientras más grande sea la imagen a representar, mayor será la distorsión. El inconveniente básico de los cartógrafos ha sido siempre el control de dicha distorsión, de tal manera que una de las cuatro propiedades –distancia, dirección, forma y área– se muestre correctamente a expensas de las otras, o bien ajustándolas todas mediante un ‘balance’, un equilibrio no matemáticamente exacto entre ellas.
Cada proyección y cada tipo de mapa tienen usos específicos, ventajas y desventajas. El uso indiscriminado de ‘cualquier mapa’ ha sido fuente común de errores y falsos conceptos. Los mapas son útiles pero traicioneros. Usados con cautela, pueden iluminar casi cualquier problema de política interna o internacional. Sin mapas, el estadista estaría tan indefenso como un navegante sin brújula. Empero, el mapa debe ajustarse a su cometido y quien lo use tiene que estar consciente de su limitación.
¿Cuál es el mejor mapa? No hay tal cosa. El ‘mejor’ mapa es el más adecuado para un propósito definido. Dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda la cartografía, lo realmente importante es evitar el uso continuo de un solo mapa; la mente tiende a ser esclava de las formas. Líderes y estrategas de ‘x’ país pueden comenzar a pensar (erróneamente) que ciertas ubicaciones geográficas son ‘buenas’ o ‘malas’, condicionados por lo que al fin y al cabo es una simple aproximación de lo que ellos creen ‘ver’ como real y tangible.
Es conveniente de vez en cuando dar vuelta los mapas o dirigirlos subjetivamente hacia la aplicación de los objetivos nacionales. La primera práctica es muy recomendable, al margen de la profunda convicción de los cartógrafos de que el norte debe estar siempre arriba. Eso no es correcto; el globo terráqueo no tiene techo ni piso, se lo puede observar de cualquier manera. Los que usan mapas, en definitiva, deben guardarse de la ‘cartohipnosis’, teniendo en mente todas las restricciones señaladas.
Para concluir, reitero una vez más mi viejo deseo de ver en algún momento un mapa de Sudamérica centrado en Bolivia, mediante el cual se pueda apreciar el papel estratégico que nuestro país debe jugar en el continente como núcleo vital y área de soldadura, verdadera bisagra entre hoyas hidrográficas, cordilleras y mares.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia