Japón: 60 años de su rendición

Agustín Saavedra Weise

12-08-2005

En mayo de 1945 había terminado la pesadilla en Europa. Alemania quedó en ruinas junto con gran parte del Viejo Continente. Las esperanzas de paz luego de seis años de guerra se acrecentaban. Empero, persistía el fanatismo de la dirigencia militar del imperio del Sol Naciente. Japón continuaba tercamente su guerra privada. La toma de las islas Saipán, Iwo Jima y Okinawa había sido en extremo sangrienta. Cuentan los soldados estadounidenses que las madres niponas lanzaban a sus hijos por los acantilados y luego se arrojaban ellas. Tal era el grado de fanatismo que tenía el pueblo japonés. Los pilotos suicidas (kamikazes) se inmolaban por su emperador en vuelos que los convertían en verdaderas bombas humanas.
A principios de agosto de 1945 se lanzaron bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Con el horrendo descubrimiento de los efectos de las detonaciones, la moral japonesa colapsó. La certeza de una mayor destrucción –que podría haber borrado a ese milenario pueblo de la faz del planeta– hizo reaccionar al ‘Dios-Hombre’, al emperador Hirohito, quien en una alocución, que pasó a la historia por su enorme eufemismo, dijo a su pueblo más o menos lo siguiente: “Tenemos que reconocer que la guerra no está yendo necesariamente a nuestro favor”. Esto fue expresado frente a un Japón en ruinas y luego de dos explosiones nucleares. ¡Increíble!
Estados Unidos estaba preparado para una larga lucha. Había predicho que, de continuar la fiera resistencia, quizá podría tomar Tokio recién en marzo de 1946.
La declaración del Emperador precipitó las cosas; el 14 de agosto Japón se rindió incondicionalmente. El general Douglas Mac Arthur se convirtió al poco tiempo en una suerte de ‘virrey’ y se sentaron las bases de la reconstrucción, desmantelando el aparato militar que Japón mantuvo durante tanto tiempo y que le dio control indiscutido de toda su área de influencia geográfica.
En esos últimos días de guerra, la Unión Soviética, en parte por acuerdos con los aliados y en parte por vengar la derrota de 1905, entró en guerra contra el moribundo y le arrebató hasta hoy las islas Kuriles. Fue casi un ataque estilo hiena frente al exánime rival...
Lo paradójico en Japón fue la conservación simbólica del Emperador como jefe del Estado, pese a las profundas reformas estructurales realizadas por los vencedores. Diversos estudios realizados en Estados Unidos determinaron que la remoción del emperador Hirohito podía disolver la propia esencia del carácter nacional japonés. Se optó, pues, por obligar a Hirohito a declarar que no era divino sino un simple mortal y se lo mantuvo como figura decorativa. Como es sabido, Japón es hasta hoy un imperio. Un descendiente de Hirohito está a la cabeza del Estado y continúa siendo reverenciado por su pueblo.
Hace 60 años nadie imaginó que en pocas décadas Japón, con alta tecnología, calidad, precios bajísimos y alta eficiencia, se convertiría en líder económico internacional, amenazando seriamente los intereses norteamericanos y europeos. El sentido social del japonés y su alta disciplina lograron un altísimo desarrollo, así como en el pasado sirvieron objetivos bélicos y expansionistas.
He aquí la síntesis de la rendición incondicional del Japón, Nipón o Imperio del Sol Naciente, los tres nombres oficiales de un milenario país lejano en la geografía, pero muy cerca de nosotros con su parafernalia de excelentes productos electrónicos y automóviles.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia