Gas: ¿quién es el dueño?

Agustín Saavedra Weise

09-12-2005

El empresario y escritor argentino Guillermo Yeatts, en un interesante trabajo referido al gas boliviano, señala que la propiedad estatal del subsuelo fue heredada de España y es común en toda América Latina. Quedó establecida por Ordenanza Real ya en la Edad Media (1348), trasplantándose a nuestro continente en 1492 y se halla fuertemente arraigada. Toda la región mantiene hasta hoy la norma que rige el uso de recursos bajo tierra.
La propiedad estatal del subsuelo en España y en el Nuevo Mundo dio magros rendimientos, asegura Yeatts, que asevera luego que Douglas North obtuvo el Premio Nobel 1993 por desarrollar la teoría institucional del crecimiento económico, explicando cómo las reglas del juego determinan la dinámica, estancamiento o empobrecimiento de una sociedad. North afirma que en la medida en que la propiedad deja de ser pública y pasa a ser privada, se incrementan los incentivos hacia una eficiente asignación de recursos: los individuos contarán con un claro sistema de premios y castigos por sus acciones.
Yeatts continúa expresando que la propiedad privada del subsuelo es realidad en Estados Unidos, donde la inversión en exploración y explotación cuenta con el gran premio individual que es el descubrimiento de minerales e hidrocarburos, propiedad de los dueños de las tierras. De esa forma, zonas predominantemente petroleras como Texas han desarrollado otras actividades a través de la reinversión de ganancias. Asimismo y bajo esa legislación, la riqueza queda en manos de ciudadanos nacionales, evitando pingües (y potencialmente corruptos) acuerdos entre gobiernos y grandes empresas petroleras, sentencia el autor que glosamos.
Concluye con respecto a nuestro gas y otros potenciales recursos: “Sólo la propiedad privada del subsuelo alentaría a los ciudadanos bolivianos a explorar sus territorios, despertando ingentes caudales de riquezas que han permanecido dormidos por siglos”.
Controvertidas como pueden ser para muchos estas afirmaciones, encierran empero una enorme verdad, verdad que hoy se oculta bajo el sacrosanto telón del ‘dominio originario del Estado’ y que le da un carácter casi mítico a la expresión, contenida además en el texto constitucional.
El Estado no ha cumplido. Cuando pudo hacerlo (caso del estaño en el pasado) no lo hizo bien y de todas maneras permitió el enriquecimiento fabuloso de unos pocos que nunca fueron ‘dueños’ sino ‘concesionarios’, pero a la larga fue igual: Estado y pueblo quedaron pobres, con la excepción de los ‘avivatos’ de turno.
Imagínese usted que mañana en su pequeño terreno descubre gas, petróleo o piedras preciosas. En lugar de ser eso su fortuna (como lo es en Estados Unidos) pasa a ser su infortunio. Usted y los suyos serán expulsados de su propiedad, ya que por tener bajo la superficie algo ‘originario’ del Estado pasará a manos de esta entelequia que, casi con certeza, no administrará ni bien ni correctamente la riqueza encontrada. En cambio, usted seguramente se hubiera asociado con alguien y habría creado un efecto multiplicador, generando inversiones y empleo. Ése fue el caso del legendario David Rockefeller y de muchos otros en Estados Unidos. Si hubieran nacido en Bolivia, varias conocidas multinacionales de hoy no existirían; no habría generación de riqueza. Lo más probable también es que el Estado boliviano hubiera seguido siendo paupérrimo o hubiera servido de trampolín de acumulación para una miniclase, no ciertamente para el pueblo, teóricamente ‘dueño’ del subsuelo.
Si de Bolivia pasamos a la América hispana, la cosa es igual, y a esta altura pretender la propiedad privada del subsuelo suena a horrible sacrilegio o ‘traición’. La emocionalidad es tan fuerte que impide cualquier razonamiento. Por tanto, simplemente narro y comento lo escrito por Yeatts. Aquí la termino; saque usted amigo lector sus propias conclusiones.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia