Reiterando la importancia de disentir en democracia

Agustín Saavedra Weise

19-08-2005

Hace varios años manifesté que disentir (estar en desacuerdo) era la raíz misma de la democracia. Sin negar las virtudes del consenso (estar unánimemente de acuerdo) no debemos llegar a su patología, como casi siempre sucede en Bolivia.
El poder es la capacidad de imponer la voluntad propia, la capacidad de modificar la conducta de otros en función de nuestros propios deseos. La ecuación básica de manejo político en cualquier tipo de sociedad se basa en un equilibrio fundamental entre la amenaza de coacciones por incumplimiento y la obediencia voluntaria. El que posee el poder manda; así nomás son las cosas.
La esfera política engloba al sector básico de decisiones de autoridad, emanadas a través de la legalidad y la legitimidad del sistema político vigente. Este razonamiento es válido para una tribu primitiva y también para un Estado nacional contemporáneo.
La democracia no atrasa el cambio ni es intrínsecamente ineficaz, como alguna vez se dice. Si bien es cierto que la toma de decisiones es bastante más lenta y compleja en un régimen de libertades que en un régimen autoritario, la democracia puede ser muy eficiente si se observan sus normas básicas y el equilibrio de sus tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial).
Los aspectos esenciales de una democracia son la regla de la mayoría, la protección de las minorías y la institucionalización del ‘disenso’. Esto no siempre se aplica como corresponde.
Tal como expresé en anteriores oportunidades, la manía ‘consensuadora’ hace que los mandantes de turno pierdan hasta la perspectiva de sus propias propuestas. Está comprobado que las pautas políticas que requieren unanimidad disminuyen la capacidad innovadora, la posibilidad del cambio cualitativo. Por el contrario, la regla de la mayoría –bien aplicada y con el debido respeto a las minorías– acelera dicho cambio y, al mismo tiempo, estimula el disenso de algunos o muchos, disenso que resulta ser crucial para el buen desempeño del sistema.
El disenso es un valor democrático fundamental. El no estar de acuerdo y poder expresar públicamente tal desaprobación es la clave esencial del modelo. El flujo y reflujo de la mayoría dominante de hoy (quizá minoría mañana), con el ingrediente esencial del disenso democrático, es lo que dinamiza una sociedad, lo que le permite ser más veloz en la toma de decisiones.
Si en lugar de institucionalizar el disenso se institucionaliza el consenso, las cosas no marcharán bien. El ritmo de cambio decae. La procura de unanimidad puede hacer que las transformaciones sean imposibles.
Aparentemente, es mucho más ‘democrático’ el consenso, pero la historia de las ideas políticas prueba lo contrario. Los consensos forjan a la larga conductas dictatoriales, o bien terminan inmovilizando una sociedad democrática y reducen su capacidad de adaptación.
El que gobierna con un mandato legítimo debe mandar y tomar decisiones sin procurar agradar a todos. También debe, obviamente, respetar a los que no coinciden con su mando. Si, por el contrario, los dueños del poder buscan ‘consensuar’ con sus rivales todo cuanto sea posible, perderán el tiempo, diluirán su propio coyuntural poder y atrasarán el cronograma de toma de decisiones
El gobierno de la mayoría, el respeto de las minorías y percibir que el disenso no sólo es inevitable y necesario, sino que resulta beneficioso para el futuro de la sociedad, es algo imprescindible para preservar la institucionalidad democrática.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia