'Trafalgomanía': concluye en octubre de 2005

Agustín Saavedra Weise

08-07-2005

Por apresurados o por no querer tomarse el tiempo de procurar la información precisa, diversos medios cometieron la semana pasada la ‘gaffe’ de anunciar el bicentenario de la gran victoria naval de Trafalgar, donde la flota inglesa despedazó a la flota aliada de Francia y España. Lo que se vio en todo el mundo fue el inicio de las conmemoraciones, las que proseguirán a lo largo de estos meses hasta llegar a su punto culminante el próximo 21 de octubre, fecha histórica que en 1805 marcó el vital triunfo británico. Se acercan, pues, los dos siglos de la batalla, pero ella en sí todavía no ha sido celebrada.
Ubiquemos primero el contexto histórico. Napoleón Bonaparte reinaba indiscutido en Francia y gran parte de Europa. Gran Bretaña resistía esa pretensión hegemónica continental. Mientras los franceses impusieron un sistema neoproteccionista en todo el Viejo Continente, los ingleses con su flota se dedicaron a bloquear esos emprendimientos y a dificultar abastecimientos desde ultramar. La pugna marítima era inevitable; de ella dependía la subsistencia misma de Inglaterra como potencia naval y nación independiente.
Napoleón trasladó parte de su ejército al paso de Calais con la idea de invadir la isla británica, algo que no lo había intentado otro francés desde Guillermo el Conquistador (1066). Al mismo tiempo y para coadyuvar en ese objetivo trazado, el corso instruyó juntar una enorme flota. Quería así liquidar para siempre la perenne amenaza inglesa. De inmediato se ordenó la salida de barcos galos desde Toulon, Brest y Ferrol, rompiendo el bloqueo si ello era necesario.
El ya famoso almirante inglés Horacio Nelson (1758-1805), al que le faltaba un brazo perdido en anteriores combates, fue llamado de su retiro para ayudar a su patria en esta hora de prueba.
En mayo de 1805 Nelson se encontraba persiguiendo a los franceses comandados por el almirante Pierre-Charles Villeneuve, a quien se le unió en Cádiz su aliado hispano el almirante Federico Carlos Gravina. Nelson llegó cerca de Cádiz el 28 de septiembre.
Napoleón abandonó los planes de invasión a Inglaterra y decidió atacar Austria. Con tal motivo y para cubrir sus espaldas en el Mediterráneo, el emperador ordenó que Villeneuve zarpe de Cádiz hacia Nápoles. A 80 kilómetros de Cádiz se encuentra el Cabo de Trafalgar, cerca también del Estrecho de Gibraltar; allí esperó Nelson a su presa. El dramático encuentro duró todo el 21 de octubre y marcó el inicio indiscutido del dominio oceánico inglés, dominio que duró casi un siglo y medio. Recién durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña perdió definitivamente el liderazgo naval, que quedó en manos de su aliado y heredero político, Estados Unidos.
Nelson murió en el conflicto. Aunque hubo numerosas pérdidas humanas, los ingleses no tuvieron un solo navío hundido. La flota franco–hispana fue aniquilada.
Como lo expresé en una nota allá por 1993, en la batalla de Trafalgar el almirante Nelson –en inferioridad de fuerzas– doblegó a los franceses con talento táctico e inteligente uso de nueva tecnología disponible: utilizó el recientemente inventado sistema de banderas señalizadoras. Pudo así dar instrucciones y guiar sus naves a la perfección, mientras el enemigo actuaba sin la coordinación que él imponía desde su buque insignia. La catástrofe estaba cantada.
Los ‘600 años de humillación’ que Napoleón quiso superar frente a su aborrecido vecino allende el Canal de la Mancha, terminó siendo un sueño irrealizable. El emperador debió conformarse –hasta su destino final en Waterloo– con el poder terrestre en Europa. El golpe propinado en Trafalgar fue durísimo.
En esta era de la Unión Europea, todos los aniversarios de victorias son parsimoniosos y compartidos. El inicio del de Trafalgar no podía ser otra cosa, pero tengamos en cuenta que la ‘trafalgomanía’ apenas comienza. Llegará a su apogeo el 21 de octubre próximo.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia