Subdesarrollo: siempre un estado mental

Agustín Saavedra Weise

02-09-2005

Ya en 1985 el profesor estadounidense Lawrence Harrison publicó su famoso trabajo El subdesarrollo es un estado mental. Harrison realizó varias giras latinoamericanas auspiciado por Usaid; incluso visitó Bolivia. Luego, editó diversos libros y estudios vinculados con los sistemas culturales y la forma en que ellos impactan en las modalidades que promueven el atraso o impulsan la innovación.
Los antropólogos definen la cultura como ‘la parte del ambiente hecha por el hombre’ o ‘el modo de vida de un pueblo’. Como bien decía el inmortal gaucho Martín Fierro, creado por José Hernández, “el diablo sabe más por viejo que por diablo”. Por tanto, estas cosas, aunque sean conocidas, vale la pena machacarlas una y otra vez, sobre todo porque el estado mental que nos sigue caracterizando difiere notablemente de lo que se precisa para avanzar por la senda del progreso.
Diversos autores, tales como Montaner, Grondona y Huntington, prosiguieron la senda que marcó Harrison, y a su turno dieron determinadas explicaciones en torno a cómo la cultura de ‘x’ país o región afecta a su desarrollo. Sin embargo, la explicación más sencilla y contundente sigue siendo la inicialmente preconizada por Lawrence: todo está en la cabeza, en la forma de mirar las cosas; en suma, en el estado mental de un individuo y de la sociedad de la que forma parte. Solamente así se explican las diferencias de desarrollo y capacidad adaptativa, incluso entre poblaciones y territorios muy parecidos.
Veamos dos ejemplos clásicos de Harrison. En primera instancia, Barbados y Haití. Ambas son islas del Caribe habitadas por ex esclavos negros. Mientras Barbados prospera, Haití sigue sumida en una desesperante pobreza. ¿Razones? Obviamente, una manera distinta de ver las cosas y de ‘pensar’ entre las dos sociedades, más allá de las similitudes espaciales y raciales.
Australia y Argentina son países con gigantescos territorios y poca población, mayoritariamente blanca. Australia es un país catalogado como perteneciente al Primer Mundo, mientras que Argentina decae y decae, llegando ya a lugares cercanos a la pobreza del corazón tercermundista. ¿Razones? Nuevamente surge que, por encima de las similitudes, ciertamente tiene que haber una manera colectiva e individual distinta de pensar, de actuar y de proceder, que hace que los australianos sean más avanzados que los argentinos.
En Bolivia tenemos mayoritariamente población indígena y los esquimales de Alaska son también pueblos originarios. Más allá del arrastre histórico de injusticias y discriminaciones, nuestra población persiste en su pobreza y cuando tiene una riqueza que puede explotar (caso actual del gas) ahuyenta con sus actitudes toda posibilidad de explotación racional que brinde prosperidad. Todo lo contrario hicieron los esquimales, que al descubrir grandes recursos energéticos en su territorio y ante la falta de recursos propios, apelaron de inmediato a un mal necesario –las odiosas pero imprescindibles multinacionales–, hicieron acuerdos con ellas y ahora son ricos. Acá seguimos pobres y por lo visto así continuaremos. ¿Razones? Todo indica que los originarios esquimales tienen una manera de pensar distinta a la de los originarios bolivianos, y eso marca la diferencia.
La conclusión de Harrison y que siempre he compartido: no hay nada racial –ni otras tonterías por el estilo– en la diferencia entre ser pobre y miserable, desarrollado y subdesarrollado. Todo radica en la manera de pensar, en el estado mental. Si se reemplaza una cultura del atraso y del resentimiento por una del progreso, las cosas pueden cambiar. Caso contrario, se seguirá la ruta más cómoda, que es quedarse como se está ahora, mediocre y pobre. Sí, definitivamente, el subdesarrollo es un estado mental.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia