Los creadores del mundo occidental

Agustín Saavedra Weise

27-05-2005

Son variadas las acepciones de lo que consideramos mundo occidental y cristiano. Sin ir muy lejos, poco tiempo atrás mi buen amigo Jorge Siles Salinas describió acertadamente una de ellas. En líneas generales, podemos decir que ser occidental es una manera de ser, un estilo de vida y acción, al mismo tiempo que obviamente refleja un claro contenido geográfico, contenido que abarca a la vieja Europa y a América, que por definición es el “hemisferio occidental”, por estar al oeste del Viejo Continente, epicentro de esta expresión histórico–cultural.
Desde la división del imperio romano –en Occidente con Roma y en Oriente con Constantinopla– subsistieron en Europa (y hasta hoy) dos mundos: el romano–germánico y el greco–bizantino, este último con su paradigma posterior en Rusia y en la religión ortodoxa. Asimismo, durante siglos los turcos se apoderaron de los Balcanes y otras partes de Europa oriental, transformando así la ecuación político–étnico–religiosa de esa inmensa zona.
Las grandes migraciones de las tribus germanas fueron un factor fundamental que permitió el mantenimiento de la pauta dejada por el imperio romano que se derrumbaba. Desde la Roma eterna surgió la Iglesia universal que, con su sentido apostólico, convirtió al catolicismo a gran parte de Europa y proveyó su contenido espiritual. De allí la creación del Sacro Imperio Romano Germánico, entidad multinacional que perduró hasta 1806 y cuyo nombre mismo reflejaba la triple condición de lo que era el mundo occidental en lo religioso, en su origen histórico y en su peculiar generalización germánica, a la que concurrieron independientemente otros reinos europeos de gran importancia, entre ellos España, Francia, Gran Bretaña y los principados italianos. Todos estos países –y otros más– fueron también consolidados con aportes poblacionales de anglos, sajones, francos, godos, visigodos, ostrogodos, vándalos, lombardos, suavos, varegos, normandos y demás grupos provenientes de la vieja Germania.
Pero poco y nada de esto podría haber surgido sin el desafío proveniente del Oriente. Desde las hordas hunas de Atila que casi toman Roma hasta las masas de caballería mongólica de Gengis Khan, el sentido occidental se forjó sobre la amenaza de las invasiones provenientes del este. Fue esto lo que proporcionó fuerza y consistencia a la civilización occidental; sin Oriente no habría Occidente.
Empero, sin Occidente sí hubo y hay Oriente, un Oriente que va desde la milenaria China y el imperio del Japón hasta las estepas sarmáticas colindantes con la vieja Kievan Rus (Ucrania), mientras los cosacos de Yermak reconquistaron el viejo ducado de Moscovia a los tártaros, que lo dominaron desde 1212 hasta 1519.
Toda la historia de Europa es el reflejo del afianzamiento de las migraciones germanas por un lado, del creciente poderío de la Iglesia en esta tierra por el otro y, sobre todo, de la perenne amenaza del este, del temor de la invasión proveniente desde las profundidades euroasiáticas.
Sin este desafío permanente, que muchas veces por reacción se transformó en lo inverso, esto es, en la marcha hacia el este de los Caballeros de la Orden Teutónica en la Edad Media y en la invasión alemana a Rusia de 1941, tal vez Occidente no podría interpretarse totalmente.
En la respuesta positiva al miedo proveniente del Oriente, se forjó la mente occidental. Y así es hasta nuestros días. Oriente –con su místico pasado y misterios seculares– sigue vigilando y atemorizando. Occidente reacciona y actúa, hoy con poder y vigor renovados; mañana, quién sabe. Este juego pendular entre Occidente y Oriente lo hemos vivido por siglos.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia