ENTRE EL SOÑADOR Y EL ORGANIZADOR

Agustín Saavedra Weise

01-07-2005

Dicen que por cada persona que sueña, hay una persona práctica que hace cosas. Puede ser, pero no por ello debe descuidarse al soñador, al idealista. Sin ideales pasados no habría realidades del presente. Sin alguien que soñó en su momento con las cosas que ahora tenemos a la mano, tal vez no habría nada. Pero ¡ah!, sabemos muy bien que con solamente sueños e ideales no alcanza; tenemos que ver la forma de llevarlos al terreno de lo factible. Y para eso se necesita un organizador, un aparato individual o colectivo que permita ajustar medios y fines de forma tal que se termine con un producto acabado, con algo concreto.
Trátese de ideas revolucionarias, de avances tecnológicos o de teorías políticas, sin el punto de partida del soñador no habría nada. El que idealiza un objetivo abre en cierto modo la puerta para que el organizador comience a llenar las páginas vacías de la gran obra y la concluya, si ello es posible, o por lo menos avance hasta donde pueda.
Toda la historia de la humanidad es un ciclo recurrente de soñadores y ‘practicistas’, de idealistas y realistas. Desde los más grandes emprendimientos, inventos y descubrimientos, hasta las cosas más pequeñas tales como un simple abrelatas, una tijera, un ‘clip’ o una goma de ligar, fueron concebidos primero como ensoñaciones. Alguien tuvo la idea y a lo mejor pasó de la misma a lo práctico o un tercero trabajó sobre la base de la idea para llevarla al terreno material, pero sin una mente organizadora, sin el que entreteje pragmáticamente medios y fines, no se puede llegar a plasmar nada de lo que es ideal.
Desde los antiguos filósofos como Platón (idealista) y Aristóteles (realista) hemos tenido siempre esta dicotomía de lo ideal frente a lo real. Ella acompaña el desenvolvimiento histórico, cultural y político de la humanidad. No hay ideas sin su ‘confronto’ con la realidad concreta, no hay sueños potencialmente posibles sin un organizador que intente transformarlos en tangibles.
Por otro lado, muchos ideales quedan tal cual y eso no es del todo malo. El ser humano siempre necesita tener metas y sueños que no puede cumplir ni son viables a corto plazo, pero que sí le sirven de incentivo para desarrollar otras acciones de objetivos más limitados y no por ello menos útiles. Deseamos conquistar todo el universo y soñamos con esa gesta; por ahora nos conformamos con haber pisado la Luna y enviado sondas exploratorias a Marte y otros planetas de nuestro sistema solar, una minúscula porción de la inmensa galaxia que nos cobija.
Cuando el organizador llega a niveles patológicos, pueden suceder excesos tanto a nivel individual como plural, sobre todo por la posibilidad de comunidades transformadas en gigantescos ‘organizadores’, de suyo estados ordenados, pulcros y meticulosos, pero también sin creatividad, autoritarios y sin posibilidades de cambio. El exceso de organización en lo colectivo casi siempre atrae, tarde o temprano, al totalitarismo. Su contrapartida es el exceso de ensoñaciones, propias o compartidas. Si personas y sociedad viven de sueños, pueden ser muy creativos si son capaces de provocar la metamorfosis de dichos sueños en realidades específicas. Caso contrario, el camino hacia el desorden, la debilidad y hasta la anarquía queda expedito.
Sí, debe haber un equilibrio muy sano entre el soñador y el organizador. El éxito de las civilizaciones pretéritas, presentes y futuras dependió, depende y dependerá de ese delicado balance.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia