Del consenso de Washington al consenso de Pekín

Agustín Saavedra Weise

30-09-2005

Pekín (o Beijing) es la capital china, país actualmente ‘estrella’ por su fenomenal crecimiento económico, con tasas que rondan el 10% anual y que poco a poco va haciendo realidad el viejo dicho napoleónico: “Cuando China despierte, el mundo temblará”.
El llamado Consenso de Washington se refiere a una serie de iniciativas que fueron puestas de moda en la década de los 90 y que propiciaron fuertes reformas estructurales, tales como privatizaciones, disminución del papel del Estado, ajustes fiscales y monetarios, etc. El tal consenso llevaba el nombre de la capital de Estados Unidos, por estar allí la sede de sus principales auspiciadores: el propio Gobierno estadounidense, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Las reformas se hicieron y de eso hay sobradas pruebas en América Latina en general, como también en Bolivia en particular. Sin embargo, las medidas impuestas por el Consenso de Washington no dieron los resultados esperados; casi todos los países que las aplicaron entraron en profundas crisis, crisis de las cuales aún no se logran evadir.
Por otro lado, China (y en cierto modo la India, que siguió un positivo camino similar) no le hizo ningún caso al Consenso de Washington y aplicó su propia receta, ella exitosa a todas luces por donde se la mire.
A partir del favorable desarrollo chino, varios analistas han comenzado a mencionar el Consenso de Pekín como una nueva alternativa para superar los problemas existentes en las sociedades atrasadas y/o conflictivas.
Este nuevo consenso de ninguna manera auspicia el autoritarismo político impuesto por la dirigencia comunista china en el marco de sus libertades económicas ‘capitalistas’, sino más bien se trata de estimular la posibilidad real de que cada país encuentre su propio camino, sin tutelas ni propuestas ni presiones desde fuera. En otras palabras, el Consenso de Pekín no es un calco del modelo específico del gigante asiático, sino más bien un paradigma, un ejemplo privilegiado de lo que cada nación puede hacer por sí misma si aplica recetas correctas en función de sus propias condiciones y realidades.
Este tema de imponer medidas y políticas vinculadas con la realidad concreta, con lo que cada Estado tiene a favor o en contra y maximizando lo favorable, creo que es el punto culminante del ahora llamado Consenso de Pekín. Esto debiera ser objeto de especial atención por parte de la dirigencia política nacional, mayoritariamente siempre inmediatista, sin planteamientos ni visiones estratégicas de largo alcance que permitan un cambio cualitativo para llegar a la Bolivia mejor que todos anhelamos.
La visión pragmática de las cosas, de lo posible y lo factible, partiendo de las condiciones objetivas del presente, es tarea que, como hubiera dicho el filósofo español José Ortega y Gasset, tiene que realizarse aquí y ahora.
El Consenso de Washington fracasó. Tal vez el consenso de Pekín nos traiga otra alternativa, una posibilidad en medio de tanta problemática creada por la incapacidad nuestra de cambiar un modelo quebrado, el que pide a gritos su adaptación a las nuevas circunstancias de la Bolivia de 2005 y de los días que vendrán.

Dr. Agustín Saavedra Weise © Derechos Reservados 2005
Santa Cruz - Bolivia