OPCIONES BOLIVIANAS EN LOS MERCADOS EXTERNOS

Por: Agustín Saavedra Weise (*)

Como lo vengo repitiendo desde hace 30 años, tres objetivos esenciales han determinado –históricamente– las relaciones internacionales de Bolivia: a) seguridad e integridad territorial; b) mercados internacionales de exportación y favorables arreglos comerciales; c) la asistencia para el desarrollo. Sobre estas bases se desarrolló también gran parte de nuestra política exterior en el reciente pasado, aunque con luces y sombras.

Cada uno de ellos puede a su vez subdividirse en varias áreas. Por ejemplo, el problema de los transportes y consiguientemente el de la vertebración nacional y hacia el exterior, estaría ligado a la permanente búsqueda de mercados aptos para nuestros productos exportables actuales y potenciales. Asimismo, el problema histórico del forzado enclaustramiento boli¬viano ha incidido en el pasado –y en la actualidad– con respecto a nuestro co¬mercio exterior.

Desde una huelga ferroviaria o bloqueo caminero, hasta cualquier otro tipo de de¬cisión inclusive exógena a nuestro país, perjudica ostensiblemente el abastecimiento de insumos y la salida de nuestros productos básicos, pese a que ahora se cuenta también con la Hidrovía Paraguay-Paraná. En suma: el transporte en Bolivia es muy costoso, incorpora parte fundamental del costo final de nuestros productos exportables y ciertamente disminuye la competitividad nacional en todos los rubros, desde manufacturas hasta simples materias primas.

Este panorama que ya se arrastra por décadas, no ha mejorado ostensiblemente en los últimos tiempos y permanece más o menos igual, tanto en el campo de las restricciones como en el orden de las prioridades u objetivos. Dejando de lado las particularidades del sector energético y del transporte por gasoductos (lo que ameritaría otro comentario específico por separado), en esta oportunidad nos ceñiremos al contexto actual del comercio exterior boliviano, como también a la difícil coyuntura que se enfrenta en la actualidad. En materia de comercio no debe haber ideología sino interés y mutua conveniencia.

Lamentablemente, en Bolivia sucede lo contrario: los acuerdos de libre comercio con “x” países o regiones se satanizan o se bendicen en función de las simpatías o antipatías de turno. El comercio de una nación es su flujo de caja; de un excedente en su balance comercial resulta la disponibilidad de divisas para la importación de insumos básicos y de otras necesidades. Ninguna nación en el mundo puede darse el lujo, entonces, de ideologizar su intercambio con el resto del mundo.

En la medida de lo posible y bajo condiciones de respeto mutuo, los contactos, los clientes, los mercados en suma, deben ser universales e irrestrictos. Mucho menos lo puede hacer Bolivia, país estructuralmente débil, sumamente dependiente del exterior hasta para donaciones y ayudas de todo tipo, amén de seguir siendo exportador de materias primas y algunas pocas cosas con algo de valor agregado. El gobierno optó por desechar un eventual tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos y arremetió con su propia idea del “tratado de comercio entre pueblos” (ACP). Al crearse con Cuba y Venezuela este acuerdo, se pusieron exageradas esperanzas en el mismo, las que sinceramente dudo que se concreten.

Por otro lado, la falta de un TLC inteligentemente negociado con EE.UU. perjudicará particularmente a las industrias de la ciudad de El Alto, uno de los puntos más sensibles y volátiles de la política nacional, por ser mayoritariamente pobre. Si va a quedar más pobre aún por falta de mercados para sus fábricas, puede predecirse matemáticamente que El Alto volverá a ser escenario de revueltas sociales de diversa magnitud. Este es un delicado tema que debe tratarse con máxima seriedad y sin demagogia alguna.

En lo que hace a las exportaciones de soya, persiste desde hace años sobre ellas el fantasma del retiro de las preferencias arancelarias andinas, acelerado esto ahora con el retiro de Venezuela de la CAN y la suscripción por Colombia de un TLC con Estados Unidos. A todo esto, diversos cantos de sirena llaman a que Bolivia se incorpore como socio pleno al MERCOSUR, pero esto tampoco es la solución, sobre todo por la falta de visión estratégica de sus dos socios principales (Argentina y Brasil).

Como lo dije en varias notas y conferencias, si de veras les importa Bolivia, entre ambos países podrían comprometerse a absorber la totalidad de la producción de soya nacional sobre la base de un precio sostén razonable. Al fin y al cabo, los dos grandes vecinos son gigantescos productores del grano dorado a nivel mundial; poco y nada les costaría comprometerse a comprar la totalidad de la producción de Bolivia. Pero eso no sucederá, ya que ni siquiera se lo han propuesto anteriormente a su socio menor más pobre y que también produce soya, Paraguay, al que más bien le ponen trabas de todo tipo.

Por otro lado y si bien algunos avizoran lo contrario, el ingreso de Venezuela al MERCOSUR traerá problemas y lo ha politizado aún más, en lugar de transformarlo en un esquema integracionista pragmático y con espíritu comunitario. Si la Comunidad Andina agoniza y el MERCOSUR no sirve ¿Qué le queda a Bolivia? Creo que le queda mucho aún; todo está en manos de quienes conduzcan negociaciones inteligentes y pragmáticas. Hay y habrá un “reacomodo” de mercados en la región y en el mundo. Aquellos que lo perciban adecuadamente se beneficiarán. En este campo, Bolivia debería aprender de Chile.

Los transandinos hace años que se desvincularon del grupo andino e hicieron caso omiso a las coquetas señales del MERCOSUR. Decidieron integrarse con el mundo y lo han logrado plenamente: sus exportaciones para 2006 superarán cuarenta mil millones de dólares, una cifra superior en cinco veces al producto Interno Bruto (PIB) de Bolivia.

Eso si, Chile no se fijó en amigos ni en enemigos; optó por su interés nacional y por relaciones comerciales de mutuo beneficio. En una dimensión más pequeña, Bolivia tendría que hacer lo mismo. Además, las negociaciones internacionales no deberían estar tan centralizadas a nivel de gobierno.

Creo que hay que dejar márgenes suficientes para que los productores y sus entidades representativas puedan negociar por si mismos acuerdos beneficiosos para sus sectores y que al final, terminarán también siendo beneficiosos para el país. Ahora bien, si Bolivia se abre al exterior y al mismo tiempo protege su producción interna, estamos seguro que la comunidad internacional entenderá y cooperará plenamente. Hay una fuerte corriente de simpatía hacia Bolivia por su condición de país pobre y mediterráneo, pese a ser rico en recursos naturales. Esa simpatía se extiende hacia el proceso de inclusión social y cambio interno que actualmente se genera.

Por otro lado, hay una lucha mundial contra la pobreza que provee valiosos elementos de ayuda para aquellas naciones que desean superarse. Todo esto se lo hace sí, de la mano de la Unión Europea, de los Estados Unidos, de China, del Japón, de la comunidad internacional organizada y globalizada.

Aquí no hay mucho lugar para Hugo Chávez o Fidel Castro… Y, reitero, el proceso se lo hace sin ideologías ni simpatías o antipatías. Se lo hace por que es bueno. Por ser conveniente al interés nacional. Así de simple tendría que ser. Si esto se entiende, a Bolivia le quedan varios positivos caminos y alternativas. Si no se lo entiende y continúa la ideologización del comercio exportador, vaya uno a saber lo que pasará.

Fuente: COMENTARIO PARA “DINERO & FINANZAS”, EL DEBER
Santa Cruz - Bolivia Edición de Agosto 07, 2006

* Agustín Saavedra Weise
Ex Canciller de la República

 

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