Bolivia y Chile: realidades post La Haya

Concluidos los alegatos orales de Bolivia y Chile en la Corte Internacio-nal de Justicia (CIJ) con sede en La Haya y mientras se espera la sentencia, ha llegado la hora de imaginar escenarios realistas sobre la base que eventualmen-te abra para Bolivia el esperado fallo, culminación del proceso iniciado en abril de 2013.

Si la CIJ interpreta los compromisos asumidos por Chile como parte de conversaciones o negociaciones bilaterales fallidas y sin carácter obligatorio, triunfaría la posición chilena. Nadie en nuestro país desea que esto suceda, pe-ro es una posibilidad que debe considerarse. Por el contrario, de considerar la CIJ las ofertas chilenas para superar la mediterraneidad de Bolivia como pro-mesas formales, obviamente nuestro país ganaría el pleito. La parte sustancial de la demanda pide a la Corte que ratifique la obligación que tiene Chile de ne-gociar un acceso soberano de Bolivia al mar en función de compromisos del pasado. No puede descartarse -finalmente- la posibilidad de un dictamen con matiz político o “salomónico”; cursan antecedentes en el Palacio de la Jus-ticia sobre la materia. Sea cual sea la posición final de la CIJ, los fallos de ese alto Tribunal que forma parte de la Organizaciòn de las Naciones Unidas (ONU) están para cumplirse. Bolivia así se ha comprometido. Chile, por su la-do, dio a entender que podría “no cumplir” lo que determine la CIJ en caso de “verse afectada” su soberanía. Vale la pena recordar que si una de las partes no acata el fallo la otra parte puede elevar su reclamo ante el Consejo de Seguri-dad de la ONU. Con seguridad el gobierno de Santiago no querrá verse en esa incómoda situación en caso de ser la sentencia favorable para Bolivia. Lo más probable es que Chile la cumpla, aunque sea a regañadientes. Y aquí es donde viene el posible escenario de negociaciones concretas. Chile y Bolivia deberán continuar juntos -lado a lado y para siempre- por imperio de la geografía. Consecuentemente y más allá del fallo, ambos estados deberán retomar la sen-da del diálogo en procura de lograr entendimientos. No les queda otra opción.

Si bien nadie discute que lo mejor que Chile le ofreció a Bolivia hasta ahora está contenido en el Oficio 686 del 19 de diciembre de 1975 del Ministe-rio de Relaciones Exteriores de La Moneda, debe admitirse que las realidades geopolíticas han cambiado sustancialmente. En aquella oportunidad Chile ofreció un corredor al norte de Arica y hasta la Línea de la Concordia, su límite con el Perú. La cesión incluía el mar territorial, zona económica y el espacio de plataforma submarina comprendido entre los paralelos de los puntos extremos de la costa ofrecida. Chile descartaba cualquier otro tipo de cesión que pudiera afectar su continuidad territorial. La cesión estaba sujeta a un canje simultáneo de territorios por una superficie equivalente al área de tierra y mar ofrecida. Asimismo, Bolivia autorizaría el uso del 100% de las aguas del río Lauca y la zona cedida debía estar desmilitarizada. A partir de allí surgieron las “aristas”. Éstas pasaron a ser tema de negociación mientras Chile consultaba con el Perú el acuerdo previo entre ellos, estipulado por el Protocolo Complementario al Tratado de Lima de 1929.

El entonces presidente de Chile, general Augusto Pinochet Ugarte, era un estudioso de la geopolítica; inclusive escribió un libro sobre la materia. En fun-ción de las circunstancias del momento en que se negociaba con Bolivia, es ra-zonable pensar que ni él ni los altos mandos chilenos deseaban mantener su frontera con el Perú. Temían al revanchismo latente de Lima, el que crecía al acercarse el centenario del inicio de la Guerra del Pacífico. Los militares chile-nos deseaban reducir sus potenciales zonas de conflicto, máxime por que en 1976 Su Majestad Británica no había emitido aún el laudo arbitral sobre el Ca-nal del Beagle e islas adyacentes (Picton, Lennox y Nueva). Como es sabido, al conocerse dicho laudo la Argentina lo rechazó y ambos países estuvieron a punto de ir a la guerra. El conflicto se evitó a fines de 1978 con la aceptación por las partes de la mediación papal. Lo determinado por Juan Pablo II prácti-camente ratificó el laudo de Londres. Por el peso moral del Pontífice y el com-promiso asumido, los militares rioplatenses aceptaron la decisión papal, exi-giendo sólo la limitación de alcances marítimos: Chile hacia el Pacífico y Ar-gentina hacia el Atlántico. Ya en democracia -durante la administración de Car-los Menem- se solucionaron las cuestiones limítrofes chileno-argentinas; sólo quedó pendiente el asunto de los hielos continentales y que permanece en car-peta hasta nuestros días.

Cuarenta y dos años después, la situación geopolítica regional es radi-calmente distinta a la de 1976. Entre Argentina y Chile no existe hoy ninguna posibilidad de conflicto y con Perú las relaciones de Santiago han mejorado muchísimo; Lima y La Moneda desean actualmente mantener sus fronteras. Es-to es algo que Bolivia deberá considerar con objetividad. No siempre las opor-tunidades del pasado son válidas en el presente…

La negociación de Charaña fracasó cuando Chile declinó considerar la propuesta peruana del 19 de noviembre de 1976. Por su lado, el mandatario boliviano Hugo Banzer Suárez abogó en su mensaje de fines de año en contra de la soberanía compartida propuesta por Torre Tagle en una parte del corre-dor ofrecido por Chile y solicitó quede sin efecto. Al mismo tiempo, pidió a La Moneda que abandone su exigencia de canje territorial. No hubo respuesta de ninguna de las partes a este ejercicio de diplomacia pública. A partir de ese momento las negociaciones prácticamente se paralizaron. Durante 1977 surgie-ron varios encuentros y conversaciones pero no se avanzó más. Finalmente, Bolivia rompió relaciones diplomáticas con Chile el 17 de marzo de 1978, si-tuación vigente hasta hoy.

Como lo escribí en su época (1978) Chile estaba obligado a negociar con Perú hasta lograr el "acuerdo entre ellos” prescrito por el Protocolo Comple-mentario. Ese documento no reza "sí" o "no", expresa claramente "acuerdo”; eso implica lanzar propuestas y contrapropuestas hasta llegar (o no) a un en-tendimiento. La tal "declinación" por La Moneda de considerar la propuesta peruana de 1976 fue una forma cómoda de Chile para zafar. Y como Bolivia no insistió ni propuso mayores alternativas viables, poco a poco el proceso decayó hasta concluir en fracaso. Esa fue la real realidad. Por lo hasta aquí ex-presado, la salida por el norte de Arica ya no es viable. Reitero: los tiempos geopolíticos no son los mismos de cuatro décadas atrás; Chile quiere ahora re-tener su frontera con Perú, en 1976 no deseaba tenerla más.

En definitiva y en lo que hace a la potencial negociación marítima entre Bolivia y Chile, en mi modesta opinión creo que a esta altura mientras menos actores participen, mejor. El proceso debe quedar confinado entre las dos par-tes directamente involucradas, máxime por que una salida al mar en el extremo norte (territorio ex peruano) como la ofrecida en 1975 hoy en día prácticamen-te no es posible debido a que tanto Lima como Santiago desean preservar su actual frontera común. Es por estas circunstancias del presente que favorezco una negociación bilateral con Chile. Lo trilateral, implicando a Perú, sólo traerá complicaciones y retardos, máxime si la salida por las cercanías de Arica ya no es viable. La única posible solución que percibo en la presente coyuntura es un enclave sobre el Pacífico con un complejo ferrovial de plena servidumbre de paso -similar a lo que se comenta fue ofrecido años atrás en privado por Ri-cardo Lagos- sólo que ahora ese enclave sería soberano, sería boliviano, claro que sujeto a los aportes que Bolivia ofrezca y La Moneda acepte. Esos aportes podrán ser en recursos naturales, en territorio, o entregados de otras imagina-tivas maneras. En fin, eso será parte de una negociación inteligente capaz de alcanzar convergencias. No hay nada de malo en un enclave si éste es soberano. La falta de continuidad territorial no es óbice. Rusia tiene Kaliningrado y Esta-dos Unidos Hawai, Alaska, Puerto Rico e islas Guam. Además, ese enclave de-berá transformarse en un complejo industrial y zona turística, ya que bien po-dremos continuar usando los puertos chilenos, claro que acordando mejores condiciones. Un complejo portuario moderno tiene costos muy elevados; debe pensarse con racionalidad en estos factores y dejar emocionalidades a un cos-tado. Pero eso, como se dice usualmente, será parte de otra historia.

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Publicado en Fecha: 17 de junio del 2018
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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