Cuando la impunidad reina…

Es lamentable comprobar que en Santa Cruz de la Sierra reina una impunidad casi absoluta. Es más, pese a que nuestra ciudad se ha convertido en un lugar peligroso para vivir deberíamos –paradójicamente– “congratularnos” con la amarga satisfacción de que la situación podría ser peor, mucho peor ¿Y por qué los riesgos? Por la sencilla razón de no haber autoridad que imponga sanciones ejemplares en forma constante, diaria, sin parar. Ante esa ausencia, o escasa u ocasional presencia, muchos se creen impunes y hacen lo que les viene en gana.

Desde el conductor que ignora señales de tránsito hasta el que tira basura en la calle o genera ruidos durante la noche sin importarle un bledo sus vecinos y terminando con el peligroso auge delincuencial, prácticamente todos pueden hacer lo que quieran acá. Total, están en la capital oriental, sede de la impunidad para quien quiera violar la ley, no respetar al prójimo, ensuciar calles, etc. Es algo penoso pero real.

Como ya lo expresé varias veces, ninguna agrupación humana funciona sin la presencia de dos elementos esenciales que configuran la ecuación básica de la Ciencia Política: a) un conjunto de sanciones para quienes no cumplen las normas establecidas y b) un mecanismo generador de obediencia voluntaria. Esta última se crea progresivamente mediante costumbres, educación y tradiciones. También se mejora la obediencia en grado sumo cuando la capacidad de imponer penalidades es fuerte. Si un conductor cruza la bocacalle con el semáforo en luz roja (sin preocuparse si lo matan o mata a alguien) y es multado “ipso facto” con una fuerte suma de dinero o enviado sumariamente –como se hace en Alemania– a la cárcel, probablemente nunca más lo vuelva a hacer. Otros lo pensarán dos veces antes de cometer similar infracción. Sanciones drásticas permanentes hacen que la obediencia crezca ante el temor de recibir multas u otro tipo de castigos en caso de incumplimiento.

En Santa Cruz de la Sierra prima un alarmante vacío de poder en esferas policiales, legales, municipales y de gobierno en general. No hay quien mantenga la regularidad de las sanciones, no hay quien haga respetar la ley día a día, hora a hora. De vez en cuando algo se hace, aunque por pocos días y sin la necesaria constancia; ergo, no pasa nada. La gente tampoco reclama mucho y con tal motivo seguimos como estamos: persiste la impunidad. Y eso no es bueno. Parte del progreso estriba en la imposición de un orden global aceptado por la comunidad y respaldado por sanciones efectivas. No puede ser que la principal ciudad boliviana, capital económica e internacional del país, sea hoy por hoy tierra de nadie. Algo debe hacerse y pronto.

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Publicado en Fecha: 18 de septiembre del 2016
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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