Destrucción, producción, durabilidad y empleo

Tal como lo manifesté antes la destrucción creativa se ha acelerado. Hemos caído en lo que Vance Packard llamó “obsolescencia creada”, al estudiar las formas ocultas de la propaganda y otras persuasiones atractivas para el comprador.

Al margen de la innovación y de su destrucción creativa -como cuando se pasó del carruaje al automóvil y casos similares- en varios procesos actuales la “finitud” viene predeterminada. “Se garantiza este televisor por x horas”; “un celular de dos años de uso pertenece a un museo”. La sociedad de consumo nos induce psicológicamente para que el cambio tenga lugar en plazos cada vez menores. No importa si un bien aún útil fue programado para durar poco; nuestras mentes ya internalizaron la brevedad de su uso y lo “obligatorio” de cambiarlo, aunque todavía no sea ese el caso. El propio consumidor se adelanta al ciclo de la obsolescencia planificada.

Frente a una exagerada destrucción que a ratos no es ni siquiera creativa, en las naciones emergentes resurge la noción de durabilidad. Y eso es bueno. Nuestras sociedades carecen de capital pero sí tienen fuertes contingentes de trabajo, el segundo factor de la función de producción. En lugar de usar mucho capital nuestro modelo productivo debería usar trabajo intensivo. Si una planta textil automatizada ocupa sólo 10 operarios, lo ideal sería en países como Bolivia que más bien esa planta tenga menos tecnología (menos capital) y ocupe 200 obreros. Crearíamos más fuentes de trabajo produciendo igual y con la misma calidad. Pero aquí entran a tallar factores extra racionales. La legislación laboral tercermundista en lugar de beneficiar al trabajador ha generado un efecto perverso; la excesiva “protección” inhibe contrataciones. Muchos empresarios prefieren fórmulas de capital intensivo y utilizan el mínimo de gente como fruto de una irracionalidad política anterior. El trabajador precisa protección sí, pero mesurada, un exceso sólo conducirá (lo viene haciendo) a un mayor desempleo.

Si combinamos trabajo intensivo con durabilidad andaríamos mucho mejor. Corresponde que los emergentes retomen el concepto de durabilidad, máxime por nuestra escasa dosis de capital frente a la mano de obra disponible. Debemos dar trabajo, no dejar parados que podrían pasar a ser delincuentes o extremistas. Hace falta sí cambiar la legislación laboral. Esta, en lugar de crear empleos, los retrae.

Según los crecientes partidarios de las -muy en onda- economías “circular” y “azul”, urge alargar la vida de los productos y reutilizar sus desechos o reciclarlos, en lugar de programar su extinción y pérdida de valor. Sobre eso volveremos en otra oportunidad.

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Publicado en Fecha: 16 de octubre del 2016
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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