Agustín Saavedra Weise

La Segunda Guerra Mundial produjo 60 millones de víctimas, el terrible Holocausto judío, ciudades devastadas, hambre, enfermedades, etc. Concluida la contienda vino el drama de refugiados y prisioneros de guerra, que al ser desplazados recorrían Europa, algunos con el ánimo de volver a casa y otros con el amargo sabor de haberlo perdido todo. Esa tensa situación con los años fue normalizándose; la migración era intra europea y eso ayudó mucho. Ahora otros refugiados fluyen hacia Europa, esta vez escapando de conflictos en Medio Oriente y casi todos son musulmanes. La situación es complicada; con ellos llegaron algunos terroristas -hábilmente camuflados- que dañaron la imagen del conjunto. Pagan justos por pecadores.

En el tumultuoso flujo inicial surgieron imágenes que nadie pensó podrían repetirse en el Siglo XXI. La realidad demostró que el nacionalismo sigue gravitando en Europa. Ningún pueblo quiere tener demasiados extranjeros en su propio territorio. Por su lado, los refugiados buscaron el punto más próspero: Alemania. Lo que al principio de la ola Berlín calificó como “solidaridad”, hoy genera entre los germanos antipatías lindantes con extremismos. Es imposible albergar y asimilar a todos los refugiados. Algo deberá hacerse.

Dado que Rusia pierde habitantes (ya tiene sólo 140 millones), es la nación con mayor superficie geográfica del planeta y ha manifestado que desea aumentar su población, habría que estudiar la posibilidad de negociar entre la Unión Europea (UE) y Moscú, con la asistencia del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), un paquete de recursos tecno-económicos que permita trasladar refugiados hacia zonas despobladas de la Federación Rusa para que ocupen esos espacios -ricos en materias primas- y forjen allí una exitosa nueva vida. Los refugiados tendrían que adaptarse a las condiciones socio-culturales del país de acogida, sea Rusia u otro. Aquí cabe la expresión “donde fueres has lo que vieres”. Si al llegar a su nueva patria insisten en mantener sus costumbres será muy dificil la asimilación y aceptación. Eso es cierto, guste o no.

Podrían imaginarse incentivos extras para que los “colonos” se sientan cómodos y prosperen, pero he aquí que muchos refugiados no quieren labores estables, ni asimilarse, ni nada. Pretenden vivir gratis a costillas de la prosperidad europea (especialmente la alemana) y eso es imposible. Por tanto, o se crean condiciones para que los refugiados retornen a sus países una vez superados los problemas del momento o deberán pronto ponerse a trabajar en serio y adaptarse a su nuevo mundo. No hay más vueltas ni opciones.

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Publicado en Fecha: 03 de abril del 2016
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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