EE.UU. y Rusia: tensiones en el Báltico

Durante la guerra fría que sostuvo Estados Unidos contra la Unión Soviética, su éxito se basó en la creación de un verdadero cerco geopolítico alrededor del gigante comunista. El mismo fue posible sobre la base de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y aliados claves como Turquía. Bases militares y otras alianzas permitieron que Washington mantenga el cerco por mucho tiempo. Al fragmentarse la URSS en 1991 en 15 repúblicas independientes (la Federación Rusa la más extensa y poderosa), Moscú heredó en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el puesto permanente con derecho a veto de la extinguida súper potencia.

Los primeros gobiernos norteamericanos posteriores al colapso soviético -George Busch padre y Bill Clinton- se mostraron abiertos a una nueva era de cooperación ruso-estadounidense; el comunismo no era más un problema. Sin embargo en círculos norteamericanos y europeos prevaleció la miopía política por encima de los entendimientos formales; se mantuvo e inclusive se incrementó la política del cerco. La OTAN llegó hasta el borde de Rusia al incorporar ex satélites como Polonia y Países Bálticos. Caído el débil régimen de Yeltsin sobresalió Vladimir Putin, líder dispuesto a reconstituir el poder del osos ruso, superar humillaciones y aprovechar el potencial energético para resurgir militarmente luego del caos que trajo la transición del dogmatismo marxista hacia un régimen que intentó ser democrático pero que en la práctica culminó con el autoritarismo de Putin. Las encuestas señalan sí una alta tasa de popularidad para el mandatario y su prédica de reconstituir la grandeza del país eslavo. De esa manera se explica la absorción de Crimea y el tema tan sensible de Ucrania, región que por siglos formó parte del imperio de los zares.

Frente a lo que considera gestos inamistosos de EE.UU. y de la OTAN, Putin inició un proceso de armamentismo para ampliar su flota con nuevos buques y submarinos nucleares aptos para permanecer meses debajo del mar. La fuerza aérea también está siendo renovada. Hace unas semanas cazas rusos hostigaron a un destructor norteamericano que navegaba en el Báltico cerca del enclave de Kaliningrado, la ex Prusia Oriental ocupada por el Ejército Rojo en 1945. Otros incidentes similares en la zona han pasado y probablemente ocurran. Los rusos no quieren que EE.UU. merodee por su tradicional área de influencia. Washington parece determinado a sí hacerlo. Por ahora, ambas partes se restringen a un simple ejercicio de amenazas mutuas. Y mientras, Moscú refuerza su presencia naval en el mar Báltico. El panorama será sombrío de seguir así las cosas.

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Publicado en Fecha: 01 de mayo del 2016
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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