Andrew Marshall, el cerebro del Pentágono

Los señores Andrew Krepinevich y Barry Watts acaban de publicar un interesante trabajo titulado “El último Guerrero” (The Last Warrior, Basic) aún no traducido al idioma castellano. Los autores revelan ante el mundo la identidad y acciones de un hombre del que fueron discípulos y que pasó desapercibido a nivel popular pero influyó en forma enorme -durante décadas, a lo largo de ocho presidentes- en decisiones que tomó el gobierno de los Estados Unidos. El fue el verdadero cerebro detrás de las acciones tanto del Pentágono como de la Casa Blanca y hasta del Departamento de Estado. Su nombre: Andrew Marshall, recientemente retirado y que cuenta ya con avanzados 93 años de edad.

Marshall fue uno de los pocos que desarrollaron la estrategia estadounidense de armas nucleares en la década de 1950. En su momento fue pionero además en investigaciones acerca de cómo las grandes organizaciones muchas veces tomaban decisiones burocráticamente y no lo hacían en forma racional, algo que era esencial esclarecer para prever las acciones no sólo del oponente sino hasta las propias. Sus ideas sobre el papel esencial del riesgo y la incertidumbre fueron innovadoras. También ayudó en la creación de esquemas que varios mandatarios norteamericanos usaron para debilitar a la otrora poderosa Unión Soviética, sin jamás entrar en guerra “caliente”, sólo con los ingredientes de la era de la guerra fría.

En un influyente informe sobre el futuro del equilibrio estratégico, allá por el lejano agosto de 1976, Marshall manifestó que las acciones de los líderes soviéticos no estaban orientadas hacia la estabilidad bilateral entre superpotencias sobre la base del concepto de destrucción mutua asegurada en caso de guerra nuclear; el objetivo principal de la dirigencia rusa era el garantizar la propia supervivencia de la URSS en caso de una conflagración atómica. Por tanto, Marshall propuso una nueva manera de competir con los soviéticos explotando al máximo áreas de ventaja comparativa que tenía EE.UU, tales como su capacidad de innovación tecnológica. Al unísono, debía exacerbarse al máximo debilidades soviéticas. Fue así como se llegó a la implosión de la URSS en 1991, entidad que cayó por sí sola, sin que se dispare un tiro, arrastrando con su disolución en 15 republicas independientes el colapso del sistema comunista. Si Marshall no fue el causante, ciertamente algunas de sus ideas contribuyeron para acelerar la debacle.

El libro comenta que la opinión de Marshall siempre tuvo fuertes efectos en quienes estuvieron al mando de los niveles políticos, militares y diplomáticos de Washington. Entre otras cosas, impulsó una mayor atención a la evolución económica y de seguridad en Asia; específicamente se refirió al aumento de la influencia China y de su capacidad militar. Asimismo, destacó el vital papel que juega la incertidumbre en toda planificación estratégica.

Muchas otras contribuciones hizo Andrew Marshall, “hombre fantasma”, poco conocido y del que la opinión pública no sabía casi nada. Ahora tendremos la oportunidad de conocer más a fondo las ideas de este último guerrero de escritorio, quien durante largos años digitó -en silencio discreto pero con firmeza- varias decisiones clave de la política exterior y de defensa de los Estados Unidos.

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Publicado en Fecha: 19 de abril del 2015
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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