Sanciones y obediencia

En las democracias modernas o en tribus primitivas siempre estarán los que mandan y quienes obedecen lo determinado por los detentadores del poder. Es un principio general apto para el funcionamiento de cualquier tipo de grupo social. Si todos hicieran lo que les venga en gana la situación seria desastrosa. Asimismo, si las órdenes y sanciones son de naturaleza deficiente, injusta o excesiva, podría darse la posibilidad de una rebelión popular en “x” sociedad.

Sin castigos posibles y generación simultánea de pautas de obediencia, cualquier comunidad tiende al desorden. Y esta ecuación elemental muchas veces no termina de entenderse; su núcleo es la correlación entre obediencia y coacción; ambas marchan juntas, una no camina sin la otra. El orden en una comunidad está en función de los niveles de obediencia generados por el temor a las sanciones y con el tiempo por mera costumbre o voluntad propia. Es mejor respetar normas que ser castigado.

Los mandantes tienen que disponer de un sistema coactivo capaz de sostener las normas establecidas; si no lo hay la comunidad se desmorona o se fragmenta. De ahí la referencia al “monopolio legítimo de la violencia”. Una fuerza -llámese policía o similar- custodia el orden público por cuenta de los que gobiernan para hacer prevalecer la ley. Cuando las normas son aceptadas por la comunidad pasan a ser legítimas. La legitimidad no es otra cosa que la autoridad aceptada -por considerarla buena y razonable, aunque algunas veces no guste lo impuesto por la autoridad.

Los gobernantes tienen que considerar esta vital relación entre obediencia y coacción. Hasta en las más cultas naciones europeas habrá un margen de castigos para quienes no obedecen pero allí la inmensa mayoría sí lo hace sin necesidad de imponerle sanciones. En sociedades anárquicas o conflictivas sucede lo contrario: la potencial capacidad de coacción tiene que incrementarse a fin de mantener el orden establecido y crear pautas de obediencia.

En Bolivia muchas veces se pretende mandar sin castigar y desobedecer sin recibir sanciones. Por esa ruta demagógica se puede llegar al desorden generalizado tanto por quienes no aplican las normas -ni ejercen coacción sobre los que no las cumplen- como del lado de los que en definitiva no hacen caso a nada y permanecen en desobediencia casi constante. Los principios fundamentales de la Ciencia Política no pueden ser ignorados si se quiere mandar bien y con éxito.

Reiteramos: ninguna agrupación humana funciona sin la presencia de dos variables esenciales: un aparato de sanciones para quienes no cumplen las normas establecidas y que al mismo tiempo va generando obediencia voluntaria. Esta última se refuerza también mediante costumbres, educación y tradiciones. Se la puede mejorar mucho cuando la capacidad de imponer sanciones ante la desobediencia es fuerte. De haber sanciones deben sostenerse con continuidad. Multar de vez en cuando o vigilar que “se cumplirá lo normado” sólo por días y luego no mantener la pauta es nocivo; la gente desobedecerá aun más. Esto ha sucedido con el “estacionamiento cero” en el centro de la capital oriental. Ahora es una burla justamente por falta de seguimiento. En definitiva, parte del progreso social se alcanza por el camino hacia el orden, pero siempre con respeto a la ley y valorando al prójimo.

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Publicado en Fecha: 13 de diciembre del 2015
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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