Apuntes sobre el realismo político

El realismo y el idealismo conviven desde tiempos inmemoriales, tal como lo mencioné en una nota de la semana anterior. Platón representa hasta hoy el paradigma del idealismo y Aristóteles el del realismo. La vida práctica ha demostrado que aunque lo ideal resulte atractivo -o sea algo éticamente bueno por alcanzar- la realidad es la realidad y en ella, guste o no, debemos vivir. Aunque quizá menos atractiva, la teoría aristotélica ha probado ser más duradera que la platónica por la simple razón práctica de que sus cimientos se asientan en la realidad, no en utopías o ideales inalcanzables.

El politólogo Hans Morgenthau fue uno de los principales impulsores del realismo político en la conducción de la política exterior de un estado. A él se le atribuye una conocida sentencia: “las naciones no tienen amigos ni enemigos, las naciones sólo tienen intereses”.

Sobre la base de ese realismo se han construido algunos principios que guían su accionar. El primero de ellos obviamente es el propio realismo, la certeza de que la sociedad se rige por leyes objetivas propias de la naturaleza humana. El realismo ha chocado en el pasado -lo sigue haciendo en el presente- con conceptos de naturaleza moral y/o legal, muchos de ellos válidos e indiscutibles desde el punto de vista filosófico, pero que pueden ser irrelevantes o secundarios en un análisis realista frío.

En el ámbito del realismo, resulta fundamental la definición del interés nacional. Este marcará las pautas básicas de conducción de la política exterior al mismo tiempo que delineará las instrucciones para que se cumplan determinadas acciones mediante el brazo ejecutor de esa política exterior, que no es otro que la vieja diplomacia. El interés nacional, en sentido amplio, puede abarcar también determinados objetivos o procedimientos de naturaleza doméstica.

El realismo puro rara vez se aplica, pero sí se usan mucho sus principales enunciados. En la vida cotidiana de las naciones, el realismo político inevitablemente convive con los ideales y con otro grupo de doctrinas morales o de naturaleza jurídica. Es así el mundo en que vivimos y hay que saber adaptarse. Los gobiernos de los estados están forzados a lograr esa convivencia y -en simultáneo- ser capaces de defender sus propios intereses, a veces en coordinación con terceros estados y otras veces mediante diversos tipos de confrontación, que pueden ser ideológicas, económicas, comerciales e inclusive militares.

Lo que sí debe tenerse presente es la predominancia del interés nacional en la construcción de la política exterior y hasta en el quehacer interior. Ese interés nacional, oportunamente definido y construido, es la base esencial de todo el comportamiento externo e interno de un estado. A ese interés -y en función de él- tiene que ceñirse el comportamiento de cualquier país que pretenda manejarse con viabilidad y provecho, tanto en terreno propio como en el contexto mundial.

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Publicado en Fecha: 24 de agosto del 2014
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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