Seguridad, controles y normas

Aunque se ha comprobado lo imprescindible que resulta ajustarse el cinturón de seguridad, el motorista boliviano se niega a reconocer esa norma elemental, sin percatarse ni por un instante de que el mentado artefacto podría salvarle la propia vida o por lo menos evitar un rostro desfigurado en caso de colisión. Es más, muchos taxis del servicio público no tienen ni siquiera cinturones de seguridad que funcionen adecuadamente en los asientos delanteros; lo he comprobado personalmente al viajar en alguno de ellos y querer ponerme –infructuosamente- el cinturón. Eso sí, todos esos taxis contaban con la viñeta de la inspección vehicular -más bien debería llamarse estafa vehicular- un montaje hecho por la Policía para recaudar dinero, el que se repite año tras año ante la permisividad de las altas autoridades (que dejan seguir esta tramoya sin ponerle coto) y la paciencia sin límites de la gente que aguanta dicha farsa sin quejarse.

Lo escribí hace mucho tiempo y lo repito una vez más: si se hiciera un control serio e implacable de la seguridad vehicular en taxis, micros y flotas -no por la maleada Policía Boliviana sino por un organismo internacional solvente-, como mínimo más del 50% del parque automotor destinado al público debería ser retirado de las calles. Pero dichos controles serios no se hacen o cuando se llevan a cabo son esporádicos. Así andamos y por eso tanto accidente, tantas muertes.

Hace falta más, mucho más, para educar al público y que sea éste el primero en exigir la presencia del cinturón de seguridad. Asimismo, el conductor debería llevarlo siempre puesto mientras conduce. En Brasil, luego de enormes controles y fuertes multas, el sistema finalmente se impuso. Si uno se sienta en la parte delantera, el chofer del taxi brasileño está observando al pasajero para que de inmediato también se coloque su cinturón de seguridad. Ese conductor aprendió lo útil del artefacto y además, de ser visto en rodaje con alguien que no lleva el cinturón de seguridad, será penalizado de inmediato.

En nuestra Bolivia, sin normas que se hagan cumplir y rayana casi en el salvajismo en materia vehicular, nada de eso acontece. El desorden y el descuido suicida priman por encima de todo. El mismo caso del cinturón de seguridad sucede con quienes imprudentemente hablan por teléfono o mandan mensajes de texto mientras conducen, lo que ya ha provocado tragedias similares o peores que las producidas por conductores borrachos. Como no hay autoridad ni continuidad para imponer drásticos cambios de estos nefastos hábitos, las malas costumbres persisten.

Parte del crecimiento ordenado de un país debe derivar forzosamente en nuevas pautas de seguridad vehicular, reforzadas éstas por sanciones de naturaleza ejemplar, inmediatas y persistentes las 24 horas de todas las semanas, sin tregua alguna. Sólo asì se aprenderá a obedecer normas elementales de seguridad propia y colectiva. Sin un trabajo conjunto en este campo de la Policía y de los gobiernos municipales, el caos seguirá, los peligros aumentarán.

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Publicado en Fecha: 05 de enero del 2014
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise
Ex canciller, economista y politólogo

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