JUSTO MEDIO Y JUSTOS EXTREMOS

De la vieja Grecia hemos heredado en la cultura occidental la noción del justo medio, de la proporcionalidad (o ponderación) a fin de no caer en extremos. Este pensamiento ha quedado sumergido en el actuar consciente y subconsciente, permeando así nuestra conducta.

Sin desmedro de lo expresado, también se nos ha educado en torno a la necesidad de saber trazar extremos “justos” en materia ética –o de simple comportamiento y sentido común– en los que no se puede ceder ni un milímetro.

Entre lo hirviente y lo helado, preferimos lo tibio. Entre el desierto del Sahara y la gélida Siberia preferiremos un lugar con clima templado más amigable. Entre un 100% de humedad que nos cala los huesos y un clima seco que nos dificulta respirar, procuraremos el justo medio: un punto cercano al 50% de humedad. De la misma manera y en otros contextos, buscaremos formas promedio de convivencia social. No queremos anarquía pero tampoco totalitarismos; buscamos por tanto formas moderadas de gobierno y en este campo la democracia es la mejor de todas, pese a sus conocidas imperfecciones.

En el sistema de pesos y contrapesos que genera la mística del justo medio no solamente ha intervenido la tradición helénica. Desde el Siglo XVII el paradigma griego se reforzó con la llegada de un nuevo gran paradigma: la mecánica gravitacional desarrollada por el genio de Isaac Newton. Esa mecánica gravitacional -y sus leyes derivadas- pasó a ser la verdadera gestora del análisis del mundo físico que nos rodea y también madre subyacente de muchas teorías sociales sobre el balance de poderes.

Recordemos ahora a los extremos “justos”, extremos que debemos mantener para la vida social y para nuestro propio avance en la vida. Sabemos lo que es bueno y lo que es malo. Una comida no está medio envenenada; o es comible o no, así de simple. Un mujer no está medio embarazada; o lo está o no lo está. En una carretera no puedo procurar el “justo medio” porque voy a provocar una catástrofe; según el sentido de circulación, me ubicaré a la derecha o a la izquierda del camino. Muchos otros ejemplos nos iluminan en torno a la necesidad de mantener extremos por una simple cuestión de racionalidad.

Este doble esquema del justo medio y de los extremos justos, bien entendido (y practicado) resulta de enorme utilidad. Incomprendido o erróneamente aplicado causa problemas. Peor aún, el doble esquema mal utilizado puede servir para confundir a la opinión pública, algo que ciertamente realizan en todas las latitudes muchos embaucadores de distintas layas mediante el uso de sofisticados sofismas que alteran los postulados básicos del justo medio y de los extremos justos, dejando diversos aspectos de ambos envueltos en nebulosas creadas al calor de la conveniencia del momento.

Hay que cuidarse de diferenciar lo ponderado de lo extremo, pero también es preciso saber cuándo un extremo es así porque debe ser así. Sobre esta distinción fundamental se basan el orden social y la conducta individual.

----------0000----------

 


Publicado en Fecha: 22 de diciembre del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

Ex canciller, economista y politólogo

Los más Recientes



Copyright © 2013 - Todos los Derechos Reservados

Telf. de contacto: 74969109 Diseñado por: Vicente Candaguira