Viajes: el encanto de lo externo

Arthur Schlesinger, historiador de los años de la era Kennedy en Estados Unidos, mencionó alguna vez el término “encanto de lo externo” para referirse al ámbito exterior de su país como el campo natural de “escapismo” de los presidentes norteamericanos de turno, los que así evitaban –al menos por un breve período de tiempo- tener que enfrentar problemas domésticos puntuales. La verdad que viajar es agradable y tiene ciertamente sus ribetes escapistas. Salvo la desgracia de un asalto o un accidente en el extranjero, todo aquel que viaja la pasa bien. Desde un simple turista hasta un presidente, todos disfrutamos de los viajes, al margen de que también pueden ser muy útiles para arreglar asuntos pendientes, concertar negocios nuevos, planificar el futuro, disfrutar de unas merecidas vacaciones, conocer nuevos lugares etc. Obviamente el balance de un viaje siempre es positivo por las razones aludidas. El problema radica en el retorno una vez que se vuelve a la realidad concreta.

Cuando el feliz viajero regresa es ahí donde se le acaba la ilusión. Hay que enfrentarse con los problemas de la casa, con deudas o pagos pendientes, hijos con diversos pedidos y exigencias, en fin, con todo el conjunto de responsabilidades hogareñas que por un lapso de tiempo quedaron fuera de la mente mientras se estaba afuera. A todos nosotros nos ha ocurrido –y ocurre– algo como lo planteado. Los que pueden resuelven sus problemas, los que no, deberán lidiar con ellos o –si la suerte y los pesos les sonríen– se mandan enseguida otro viajecito y vuelven a postergar las cosas hasta el próximo retorno…

Los presidentes –en cualquier parte del mundo– no son inmunes a esta situación. Al margen de las frecuentes “cumbres” y de la necesidad de viajar para consolidar mecanismos de política exterior u otros aspectos sin duda importantes para un país, es un hecho que los viajes de los mandatarios son tentadores y atractivos, sobre todo por ser pagados con fondos del erario público sin gastar nada del propio bolsillo. Además, esos viajes los hacen olvidar por un tiempo los dramas internos del país bajo su mando y de paso creen (o los hacen creer) que con sus continuos periplos logran cosas positivas.

A los viajeros con recursos siempre los tratan bien (máxime si son presidentes) y los halagan. El problema es en la casa propia, donde esos mismos viajeros se sienten a veces “injustamente” criticados o “incomprendidos”. Pero la realidad es la realidad y a ella hay que ceñirse. Terminado un viaje, por muy exitoso que haya sido para el presente y futuro de la familia o del país, al volver no queda otra que enfrentarse con lo propio y sus problemas. A esas tareas internas hay que abocarse y dedicarse a tiempo completo, salvo que se vuelva a tener el escapismo de otro viaje y dejar así indefinidamente las cosas sin solución mientras la casa (o el país) se cae a pedazos, los hijos se pelean entre sí o suceden otras calamidades internas.

Moraleja: el encanto de los viajes, el encanto de lo externo, no debe suplir la necesidad impostergable –para simples ciudadanos y mandatarios– de quedarse en casa y sortear las dificultades de turno, salvo que se las retrase continuamente hasta enfrentar un volcán de consecuencias incalculables.

Cualquier parecido con temas puntuales de nuestro diario vivir en Bolivia es mera coincidencia.

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Publicado en Fecha: 20 de octubre del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

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