He aquí algo agobiante pero auténtico: en la actualidad un individuo promedio necesitaría ocho horas de lectura por día ¡durante casi medio año! solamente para absorber los datos mundiales generados en las últimas 24 horas. Increíble pero cierto, coexistimos con un excesivo flujo de información. Si el gran Sócrates dijo antes de verse obligado a beber la mortal cicuta "sólo sé que no sé nada" ¿Qué pasa ahora con todos nosotros? ¿Sabemos más o no sabemos nada? Pareciera ser que cada día sabemos menos. Somos impotentes ante avalanchas de datos que alteran la existencia, más allá de la actividad que cada cual desarrolle. No en vano muchos expertos analizan las llamadas "sobrecargas de información".

Hasta no hace mucho leíamos libros, diarios y revistas. Además teníamos acceso a bibliotecas y a otros tipos de material escrito –vía archivos o microfilms– cuando se requería una investigación minuciosa. En la actualidad dichos accesos son cuantiosos pero en lugar de ser útiles terminan muchas veces bloqueándonos. Internet es simultáneamente ventaja y problema.

En su momento se habló de “contaminación informativa”: recibimos más información pero en realidad adquirimos menos conocimiento. Por otro lado, existe hoy una suerte de dictadura de los datos que puede hacernos llegar a conclusiones erróneas por creer ciegamente en tales datos sin haber escrudiñado a fondo su base real, o sus premisas y supuestos básicos.

Aquí, como en muchas otras cosas de la vida, se impone el hacer una pauta reflexiva y a partir de ahí, absorber lo que realmente se necesita para no ser ahogado por la marea informativa. Podemos ahogarnos pero también podemos nadar, es cuestión de criterios y de saber seleccionar. De ahí entonces la sana perspectiva de una “dieta balanceada” en materia informativa. Es la única manera de salvarnos de la obesidad en materia de acumulación de datos.

Para concluir, transcribo acerca de este tema la parte pertinente del libro “Estudio Escarlata” de Arthur Conan Doyle. Su principal personaje, el legendario detective Sherlock Holmes, ya en 1887 le comentaba a su amigo el doctor Watson lo siguiente: “…el cerebro de una persona es como un pequeño ático vacío en el que hay que meter el mobiliario que uno prefiera. Las gentes necias amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos que les resulta difícil dar con ellos. Pues bien: los prudentes tienen muchísimo cuidado con lo que meten en el ático del cerebro. Sólo admiten en el mismo las herramientas que pueden ayudarles a realizar sus labores; pero de éstas sí que tienen un gran surtido y guardado en el orden más perfecto. Es un error el creer que la pequeña habitación que alberga al cerebro tiene paredes elásticas y puede ensancharse indefinidamente. Llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía. Por tanto, es importante no permitir que los datos inútiles desplacen a los útiles”.

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Publicado en Fecha: 15 de septiembre del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

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