Nos alejamos del medio ambiente

Según estadísticas de las Naciones Unidas, ya desde el año 2010 más del 50% de la población mundial reside en centros urbanos. Pasó a la historia el peso otrora mayoritario de las comunidades campesinas, sin desconocer ni su esencia histórica ni su intrínseca utilidad contemporánea como fuente productiva de alimentos. El esfuerzo agropecuario del campo provee de diversos víveres a las aglomeradas ciudades y lo seguirá haciendo en el futuro cercano. Por otro lado, en las urbes modernas se concentran múltiples actividades tanto secundarias como terciarias, es decir, industrias, servicios, comercios de todo tipo. Con el crecimiento urbano surgieron serios problemas. Entre ellos, alcantarillado, falta de saneamiento básico y de agua potable. Asimismo, surgieron poblaciones marginales, llamadas en algunos países “villas miseria”, “callampas” o “favelas” y que crean graves inconvenientes por reflejar numerosas carencias sociales.

Los conglomerados urbanos han ido alejando poco a poco al ser humano de su medio ambiente natural; más bien se está creando ahora una suerte de ecosistema urbano que presenta pautas muy distintas a lo que sucede en el ámbito campesino, donde existe una relación directa del ser humano con los elementos naturales. Además, en las ciudades prima mucho el concepto colectivo, mientras en el campo persiste la individualidad de sus miembros hasta en el caso de áreas rurales sólidamente organizadas.

Hubo una época en la que el hombre estuvo a merced de los fenómenos de la naturaleza, hoy ese no siempre es el caso. Pero aún así, cada tanto esa misma naturaleza nos alerta acerca de su poderío e influencia. Es así como vemos en determinadas épocas del año a muchas ciudades anegadas por la furia de las aguas, construcciones barridas por un tornado o huracán, destrucción por terremotos y muchos otros signos tangibles de que la naturaleza sigue dominando, pese al enorme avance tecnológico realizado en los últimos siglos para intentar “domarla”. Algo de eso último sí sucedió. Hoy en día esclusas y represas regulan en algunas partes los flujos hídricos, la construcción antisísmica protege a las poblaciones ante los movimientos telúricos, etc. El hombre ha tratado de imponer su talento para controlar a estas fuerzas naturales siempre presentes a lo largo del tiempo.

El precario dominio humano sobre lo natural que se ejerce desde las ciudades trae consecuencias no siempre deseadas, tanto en lo meramente ambiental como en la propia estructura de lo que podríamos llamar “mente urbana”. En alguna ocasión leí que el escritor inglés Oscar Wilde, cuando de niño su madre lo llevó al campo, se asombró al ver que los pollos tenían plumas. En su conocimiento “citadino”, el pollo venía pelado y listo para ser comido… Algo similar le ha pasado (le puede pasar) al que ha vivido mucho tiempo en ciudades y perdió el contacto con la naturaleza. Por eso es importante que el habitante de las urbes no se aleje del medio ambiente. Si nuestro destino es vivir en ciudades, demos de vez en cuando un giro: vayamos al campo, intentemos estar en sintonía con lo natural, refresquemos mente y espíritu.

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Publicado en Fecha: 06 de octubre del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

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