Exagerada destrucción creativa

A lo largo de décadas he venido mencionando en varias notas el tema de la “destrucción creativa” de Karl Marx (1818-1883), luego conceptualizado por Werner Sombart (1863-1941) y finalmente popularizado por Joseph Alois Schumpeter (1883-1950), a quien muchos erróneamente le atribuyen la originalidad del término

La destrucción creativa es el proceso de cambio permanente suscitado mediante la aparición de productos novedosos que van “destruyendo” sistemáticamente a los anteriores. El automóvil sustituyó al caballo y creó a su vez -junto con la aviación- nuevas condiciones de transporte paralelas al ya existente ferrocarril. De la misma manera (y cada cual puede aportar con su propio ejemplo) los discos de vinilo fueros sustituidos por los casetes y éstos por el CD, que ahora está siendo reemplazado por el mp3. Así sucesivamente, inventos y mejoras van señalando nuevos rumbos. Al mismo tiempo, se va extinguiendo una generación tecnológica anterior y se descartan productos.

Hoy en día nadie discute la importancia de la destrucción creativa como fenómeno esencial para el progreso de una sociedad, al margen de que forzadamente hay un período de transición donde las partes destruidas tienen que ser reemplazadas por nuevas formas de producción, lo que siempre ocasionará inevitables daños a los sectores que quedaron atrás, a las “víctimas” temporarias de la destrucción creativa.

Hay instituciones políticas que estimulan incentivos innovadores y las hay aquellas que son reacias a las innovaciones. La destrucción creativa se mide en niveles de crecimiento y/o de acumulación de capital mediante nuevas formas de servicios, de utilización de la relación trabajo-capital, por modificaciones tecnológicas profundas, etc. En el balance final la innovación provoca cambio cualitativo: se ingresa a una etapa superior de desarrollo.

Con lo interesante y real que es la destrucción creativa, también se observa ahora una exageración de pautas innovadoras y con clara intencionalidad de “obsolescencia planificada”, o sea, la manera en que de antemano se presenta un bien que tendrá un plazo limitado de utilidad para ser reemplazado pronto por otro. Esto se observa particularmente en la electrónica, donde la sustitución actual de bienes se produce en muy corto espacio de tiempo y se desechan productos -que aún pueden ser útiles- en aras de nuevas “creaciones” que llegan al mercado cada vez más rápidamente, no dando margen para que se realice un auténtico proceso de destrucción creativa. Hasta los propios fabricantes al lanzar un producto ya anuncian la inminente llegada del próximo, acelerando cronogramas y expectativas, obligando así al gasto en “novedades” que muchas veces no son tales.

Se está tergiversando el concepto de destrucción creativa con esta innecesaria y alarmante aceleración. Todos queremos cambios innovadores, pero no tan veloces ni en provecho de planificadores de prematuras obsolescencias que nos inducen a realizar nuevos estipendios antes de que un producto en el mercado termine de ser asimilado. Esa exageración llega en algunos casos a extremos por la manía actualizadora de multinacionales que solamente procuran su beneficio a costa del consumidor. No debe exagerarse el positivo ciclo de la destrucción creativa.

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Publicado en Fecha: 01 de septiembre del 2013
Escrito por:
Agustín Saavedra Weise

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