RADIOGRAFÍA DE UN ESTADO SEMI FALLIDO

El tema de los estados fallidos ya lo conocemos por haberlo tratado en varias ocasiones durante los últimos años, tanto en esta columna como en otros comentarios de terceros. Un caso patético de estado fallido actual es el de Somalia, sin ley ni orden ni nada, salvo piratas en el mar o terroristas  por doquier que roban y toman rehenes, tal como lo viene explicando con contundencia el periodista Humberto Vacaflor. Más problemático, aunque menos comprendido o extendido en su uso conceptual, es el caso de los estados semi fallidos. En algunas ocasiones los politólogos han llegado a presumir que nada menos que en los Estados Unidos -en algún momento y lugar- se han presentado las características de un estado semi fallido. De igual manera se han referido a México, Colombia y  otros países problemáticos, en particular los ubicados en África o los estados desprendidos de la ex Unión Soviética..

¿Qué tal Bolivia en este campo? Todo lo que percibimos en el momento presente da la sensación de que Bolivia se encuadra  claramente en la definición de un estado semi fallido. Veamos lo que afirman al respecto los especialistas. Un estado semi fallido es aquel que mantiene todas las apariencias de poder, legitimidad y control.

Consta de militares y policías a nivel operativo. Sus instituciones funcionan, existe un parlamento que promulga leyes y tribunales que teóricamente las hacen respetar. No existe tampoco ninguna estructura organizada opuesta en lo interno que, vía milicias populares o ejércitos rebeldes, atente contra ese estado en su territorio soberano. Sin embargo, según afirman los expertos en el tema, el estado semi fallido es como un zombi socio-político. Funciona por inercia y a falta de alternativas viables, la población vive con sensaciones de desconfianza e inseguridad, en simultáneo con la hostilidad abierta de varios grupos internos que pugnan por la primacía en la escala política o realizan cotidianamente bloqueos de diversos tipos, marchas, huelgas, etc.

Los países vecinos  -en cualquier latitud- miran a un estado semi fallido con una mezcla de temor, desdén y cautela. Hay algo  intrínsecamente anómalo en un estado semi fallido capaz de hacerlo explotar en cualquier momento, más allá del sostén formal de las instituciones. Asimismo, en esa condición semi fallida estatal conviven -al unísono con la formalidad institucional- el crimen organizado, la corrupción, el nepotismo y el clientelismo. Este último, en un estado semi fallido, se expande a niveles casi máximos en un contexto de alta politización y con entidades públicas débiles que generan escasa credibilidad sin brindar resultados positivos constantes.

Como resultado de tan irregulares procederes, en un estado semi fallido se abren las puertas para posibles fragmentaciones sociales. La gente procura tomar la ley por sus propias manos ante la ineficiencia del sistema establecido. Asimismo, se dinamizan factores centrífugos que hacen peligrar la unidad de ese estado semi fallido, incapaz en muchos campos de cumplir con el rol básico del estado de mantener el orden interno, asegurar la libre circulación, garantizar nutrición infantil, escuelas aptas  en todos los niveles, hospitales y salud pública, brindar seguridad ciudadana, e impedir la presencia  recurrente de brotes de violencia o grupos delincuenciales amparados en mafias conectadas con el contrabando y el tráfico de estupefacientes. Varios -si no todos- de estos elementos y muchos más que podrían citarse, bastan para configurar la penosa situación de un estado semi fallido. Bolivia se encuentra en ese campo. Lamentable, pero la realidad es la realidad.


Publicado en fecha: 10 de febrero de 2012
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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