Cuando fallan las naciones

Desde que Adam Smith publicó en 1776 su seminal investigación sobre la “Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones”, cada tanto se han hecho intentos totalizadores similares.

En ese contexto, el economista DaronAcemoglu y el politólogo James Robinson publicaron una obra que está dando mucho que hablar: “WhyNationsFail” (“Por qué Fallan las Naciones”), DeckleEdge, USA. Las preguntas básicas del trabajo son las siguientes: ¿Por qué algunas naciones prosperan y otras son pobres, decaen o simplemente colapsan? ¿Por qué, aunque parezca que un experimento político excluyente tenga éxito económico –como sucedió al principio con el comunismo en Rusia-, tarde o temprano también colapsa? ¿Por qué en algunos lugares se generan instituciones estables e inclusivas y en otras éstas son de naturaleza tiránica o explotadora? Los interrogantes tienen respuesta: las naciones que se consolidan son las que fueron capaces de desarrollar buenas instituciones a lo largo del tiempo. Las que fallan, lo hacen debido a la ineficacia o debilidad de sus instituciones.

Los países progresan cuando logran crear instituciones políticas inclusivas que permiten el juego dinámico de instituciones económicas también inclusivas y con cambios tecnológicos estimulantes de la destrucción creativa como parte esencial del proceso innovador, tal como lo predijo tiempo atrás el gran economista austríaco Joseph AloisSchumpeter. Aquellos países con crecimiento vertiginoso meramente extractivo y sin instituciones inclusivas atraviesan solamente una etapa de espejismo que tarde o temprano se desvanecerá.

Tal fue el caso de la Unión Soviética y casi con seguridad será en el futuro inmediato el de la China. Al no ser incluyente ni tener capacidad de innovación (solamente dispone de tecnología que está a su alcance pero sin un proceso propio de destrucción creativa), el fenómeno chino en algún momento dejará de funcionar, lo que no sucederá con EE.UU. por ser un país altamente innovador.

A la larga el liderazgo mundial no necesariamente será militar; más bien estará en manos de quien sea capaz de provocar la mayor parte del cambio tecnológico. Y ese ámbito es hoy -y será por varios años más- un casi irrestricto monopolio estadounidense.

La realidad es la realidad. Por otro lado, el progreso no está limitado ni posibilitado por diferencias en latitud geográfica, cultura, razas o religiones. Es un tema de avance o de retroceso institucional. El factor positivo es la inclusión, lograda ésta mediante instituciones que a lo largo del tiempo proveen seguridad jurídica con reglas del juego estables aptas para estimular inversiones tendientes al cambio cualitativo económico, político y social.

Las diferencias entre Nogales (Arizona) y Nogales (México) son suficientemente ilustrativas. También resalta el caso de Bostwana, país africano de notable desarrollo y sobre el cual escribí una nota allá por el año 2002. El libro relaciona el desarrollo económico con el desarrollo político. Ambos se realimentan, pero es importante destacar que lo político siempre prevalece por encima de lo jurídico y de lo económico.

Son los procesos políticos -como lo vengo expresando desde hace décadas- los que extinguen, modifican o crean, situaciones de derecho e instituciones económicas. La obra comentada nos ilustra hasta sobre la regresión (caso argentino) de algunos países que fallaron en su cita con el destino.

Si Noruega es casi 500 veces más rica que Burundi, la única razón de la diferencia es que en Oslo se forjaron instituciones sólidas e incluyentes mientras las de Buyumbura siguen siendo débiles y para beneficio de pocos.


Publicado en fecha: 21 de septiembre de 2012
Escrito por: Agustín Saavedra Weise

 

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