UBICACIÓN Y LATITUD, SU IMPORTANCIA

Desde hace años le repito a mis alumnos  -y lo he reiterado en varias notas- que los países no pueden moverse. Esta evidente verdad de Perogrullo no siempre es asimilada en su integridad, pese a las dramáticas consecuencias –positivas o negativas- que una localización adecuada o inadecuada trae consigo. Como expresó  - en el ya lejano 1919 -  el geógrafo británico Sir Halford John Mackinder, las guerras han sido el resultado trágico -directo o indirecto- del desigual desarrollo de las naciones. Y esa desigualdad no siempre fue producto de mejores políticas o de mejores líderes; en gran medida ha sido consecuencia de la inequitativa distribución de recursos o de una dramática búsqueda -por la violencia- de mejores condiciones en materia de ubicación.

No existe en la naturaleza la igualdad de oportunidades, cada ser viviente debe buscar las propias en un estado de lucha permanente contra rivales que pretenden lo mismo. En el ámbito geopolítico, sucede algo similar. Aquellas naciones mejor dotadas pero mal gobernadas, serán objeto de la codicia de las que con administradores aptos encuentran trabas para su crecimiento por falta de mayor extensión territorial o escasez de  materias primas. Los últimos serán martillos y los ineptos pasarán a ser el yunque.

En otras palabras, habrá conquistadores y conquistados, tierras y recursos ganados,  tierras  y recursos perdidos. Esto no es determinismo ni implica una línea ineluctable. Surge naturalmente como consecuencia de la propia historia de la humanidad. Es así como han decaído imperios y surgieron nuevos, es así cómo en el mundo se equilibran o desequilibran los factores  componentes del espacio en el marco de una permanente dinámica. Y en todos los casos, se buscará siempre la mejor localización geográfica.
Una buena ubicación en el mapa implica tener a mano todo lo necesario para crecer y  lograr el cambio cualitativo. Estar mal ubicado –aún con buenos gobiernos- trae consigo una desventaja estructural que medida cuantitativamente es considerable y en términos geopolíticos  puede ser potencialmente desastrosa. Los países sin litoral son parte de ese grupo desventurado de naciones castigadas por su latitud. La eterna dependencia de puertos extranjeros aumenta los costos de transporte y les dificulta su comercio exterior.  En suma: su capacidad de desarrollo está limitada.

Bolivia tuvo mar y lo perdió por falta de conciencia territorial, de visión geopolítica. Ahora –varias generaciones después- se siguen y se seguirán pagando las consecuencias de esa terrible pérdida. Hasta el acceso a Internet se dificulta en Bolivia por ser un país forzadamente mediterráneo y no disponer –con soberanía- de los cables de la red informática que vienen bajo las aguas desde el hemisferio norte. Podemos estar en el centro de Sudamérica y pretender ser eje de gravitaciones múltiples, pero la  cruda realidad desmiente a nuestros sanos  enunciados diplomáticos.

A medida que pasa el tiempo, nuestra ubicación geográfica es más desventajosa, ya que a la amputación marítima hay que agregarle el permanente movimiento interno de agitación que bloquea carreteras por doquier casi todos los días. Los exportadores de países vecinos no quieren arriesgarse a pasar por  una Bolivia siempre agitada y así será (si las cosas no cambian) aunque el día de mañana tengamos los mejores corredores interoceánicos. La realidad es la realidad.

Ubicación y latitud. Dos elementos de simple geografía elemental. Sin embargo, vemos que condicionan en buena manera el destino de las naciones, Bolivia entre ellas.


Publicado en fecha: 21 de octubre de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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