SEMEJANZAS ENTRE PODER Y DINERO

Resulta interesante hoy en día recordar la vieja comparación entre el poder en la política con el dinero en la economía. Como todos sabemos, el dinero es el medio general de cambio en to­das las sociedades medianamente sofisticadas que ya no posibilitan el primitivo trueque. Asimismo, el dinero sirve como reserva de valor, el tenerlo genera pautas de consumo, ahorro e inversión y es el activo líquido por excelencia.

Es posible considerar al poder como una suerte de divisa o de dinero, como un peculiar  medio de intercambio entre el sistema político  y los demás sistemas de la sociedad global. También es posible cuantificar  específicamente a un poder en determinado lugar. Podrían confeccionarse planillas de votantes, partidarios, medios disuasivos disponibles, variedad de  mecanismos de apoyo e intensidad, etc. e in­tentar tener una gruesa medida de ese poder, sin la precisión, claro, que los bancos centrales establecen para regular la oferta monetaria.

Así como el gasto de dinero sin inversiones adecuadas puede transformar al más grande de los millonarios en un pobretón,  aquel político que olvida que su poder es una especie de mo­neda y realiza ingentes "gastos políticos" sin reinversiones y ahorros de la misma naturaleza, tiene sus días contados. Muchos casos son reveladores.  Más de un político, por olvidar esta analogía entre poder y dinero, se ha que­dado sin poder tras dilapidarlo imprudentemente.

El concepto del poder y la noción  subyacente de sanciones probables nos lleva a ver –según el politólogo Karl Deutsch- que el prestigio es al poder lo que el crédito es al dinero efectivo. La fuerza física sería con respecto al poder lo que el oro es al papel moneda como respaldo. Estas semejanzas son interesantes y las vemos en la vida real.

Los bancos prestan con frecuencia más dinero del que tienen depositado, confiados  en   que no todos los ahorristas aparecerán al mismo tiempo en la ventanilla a pedir su plata. Del mismo modo,  los gobiernos diversifican su acción en muchos campos, con­fiando en que mayoritariamente habrá obediencia voluntaria y no dilapidarán sus reservas  institucionales de castigos, multas, penalidades o sanciones.

Si hubiera una corrida total hacia un banco  “x” en busca de dinero por parte de los depositantes, la entidad -aunque fuera muy solvente- quebraría. Si todos desobedecieran simultáneamente los actos de cualquier gobierno, éste se derrumbaría irremediablemente.  Es por eso que el dinero y la fuerza -en sus respectivos con­textos- son eficaces como controles de deterioros. Si los ahorristas ven llegar camiones acarreando efectivo al banco presumirán que es sólido y  casi con seguridad cederá el pánico, salvando a la institución financiera del colapso. Si los ciudada­nos no acatan lo ordenado por quienes detentan el poder, es posible que la presencia de tanques, soldados y policías restablezca el orden, aunque también puede darse el caso con­trario: desobediencia generalizada a riesgo de todo. Aquí ya entraríamos en una revuelta abierta contra ese  hipotético gobierno por pérdida de su dinero político (el poder).

Esta  añeja similitud entre el poder en la política y el dinero en la economía merece ser recordada. Si el dinero puede agotarse, ciertamente lo mismo sucede con el poder. Así como hay ahorro e inversión monetaria –personal e institucional-  en función de previsión de crisis, los dueños del poder deben saber cómo gastarlo e invertirlo. Además, será prudente que mantengan en simultáneo una reserva –“ahorro”- de poder  para  posibles contingencias.


Publicado en fecha: 21 de enero de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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