NUEVA CHANCE PARA LA UNIDAD BELGA

Allá por septiembre de 2007 hice un comentario acerca del Reino de Bélgica  y su potencial fragmentación, pese a que nada menos que la capital –Bruselas- es sede de la Unión Europea. 

Recordaba  entonces y reitero ahora: Bélgica es un país próspero altamente industrializado. En poco más de 30.000 km2 conviven 10 millones de belgas divididos casi matemáticamente por una línea al medio del territorio entre flamencos (norte) y valones (sur). Los primeros hablan un dialecto holandés y los segundos francés; ambas comunidades son autónomas y tienen gobiernos propios. La capital de Flandes es la misma capital del país, Bruselas, mientras la de Walonia es Namur. En el pasado los flamencos fueron discriminados como ciudadanos de segunda clase, pero luego  eso cambió debido al acelerado crecimiento de Flandes y su mayor tasa de natalidad. Esta región es hoy más rica que la de Walonia y la supera en población. Los flamencos, con su nuevo poder, aspiraron a más y lo han conseguido.

El latente separatismo entre los dos pueblos siempre se manejó civilizadamente en altos niveles de desarrollo político, con guante blanco y en salas de reuniones. Jamás se imaginaron soluciones violentas tipo los Balcanes. Si alguna vez se produjera finalmente la ruptura, ella  sin duda será  pacífica, al estilo de lo sucedido entre República Checa y Eslovaquia. En todo caso, parece que ahora surge una luz al final del túnel que puede garantizar por bastante tiempo la unidad belga, tranquilizando a su vez al resto de los europeos, inquietos por la anómala situación que venía atravesando este país de estratégica ubicación y epicentro de los procesos integracionistas del viejo continente.

Independiente de Holanda  desde 1830, Bélgica se encuentra en el punto de cruce intercultural  europeo de las últimas avanzadas de la latinidad  con el inicio del mundo germano. La Corona ha sido siempre el gran factor unificador belga, pero ni el Rey Alberto II puede asegurar  a futuro la unidad a menos que se terminen las pugnas regionales  y se logren entendimientos constructivos entre flamencos y valones.

La semana pasada -tras más de un año sin formar gobierno- finalmente los belgas lograron un acuerdo constitucional que conducirá al régimen hacia su normalidad.  Según los entendidos, con este pacto Bélgica tendrá paz constitucional para los próximos diez años. Uno de los temas tratados –sin duda determinante- es el  referido al status de Bruselas y su periferia, donde se acordó una pauta de convivencia entre flamencos y  valones francófonos, respetando los valores establecidos de cada uno de los grupos en esa zona. Asimismo, se ha reforzado la autonomía regional a través de diversas reformas.

Estas son buenas noticias para el mundo y para Europa, pero  especialmente para los propios belgas, ya que si todo sale bien y el Parlamento convalida lo pactado, tendrán de ahora en adelante una vida en común, unidos en su diversidad, con democracia  y respetando diferencias. Un solo Estado -bajo la sombrilla protectora de su monarquía constitucional- garantizará la unidad y marcará la diferencia. Ojala así sea. Siempre será mejor unir que dividir. Si el nuevo esquema da resultado, Bélgica podrá ser ejemplo  cualitativo para otras áreas del planeta actualmente sumidas en problemas similares por diferencias étnicas, idiomáticas o religiosas.



Publicado en fecha: 14 de octubre de 2011
Escrito por: Agustín Saavedra Weise.

 

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